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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.9

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Es raro comer en una mesa bien provista sin que los intervalos entre el Champagne, el Borgoña y el Hock se dediquen, si el que os convida a comer es hombre adinerado, a comentar la disminución del interés del capital y la dificultad de encontrar inversión para el dinero, que resulta estar, por consiguiente, en poder del anfitrión sin producir nada; o si éste es un propietario de tierras, sin que se expongan detalles angustiosos de los atrasos en los pagos y de las rentas disminuídas. Esto surte sus efectos. Los huéspedes suspiran y mueven sus cabezas a compás de la del anfitrión, miran el aparador repleto de vajilla, prueban una vez más los ricos vinos que fluyen alrededor de ellos en rápida circulación y piensan en la genuina benevolencia, que aunque constreñida en sus medios, prodiga aún todo lo que posee en hospitalidad, y lo que aun es más halagador, en la riqueza, que sin disminuir por esas pérdidas, resiste siempre sin mella, como el tesoro inagotable del generoso Aboulcasem, sangrías tan copiosas.
     Este espíritu quejumbroso tiene, sin embargo, sus límites, como los hay para el que se queja por agravios recibidos, pasatiempo encantador que todos los viejos conocen, ya que en el fondo no tienen de qué quejarse y lo hacen por sistema. Pero nunca oí hablar a un hombre, cuyo crédito comenzase a decaer, de la disminución de sus ventas, y mi amable o inteligente médico me asegura que es cosa rara que los que sufren con una fiebre alta o un desorden por el estilo saquen a relucir sus sufrimientos como tema agradable de conversación.
     Después de considerar con atención estas cosas no soy capaz de ocultar por más tiempo a mis lectores que no soy tan despreocupado ni tan falto de medios de fortuna para no participar en las desgracias que afligen al presente a los intereses de dinero y rentas de las tierras de estos reinos. Vosotros, los autores que vivís de chuletas de cordero, podéis alegraros que hayan bajado a tres peniques la libra, y si tenéis niños, podéis congratularos que los bollos se den más baratos; pero nosotros, que pertenecemos a la tribu que resulta arruinada por la paz y la abundancia -nosotros, que poseemos tierras y ganado vacuno y vendemos lo que estos pobres rebuscadores pueden comprar-, estamos desesperados ante los mismos hechos que harían iluminar todos los áticos de Grub Street si esta calle pudiese economizar cabos de vela para este fin. Por eso tengo a gala reclamar mi parte en las desgracias que sólo afectan a la riqueza y decir de mí, con Dogberry, «que soy lo bastante rico», pero, sin embargo, «que soy uno que ha tenido pérdidas»


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