Quintín Durward (Walter Scott) - pág.8
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Uno de los derechos de un jefe feudal más universalmente reconocidos era la facultad de poder impedir el matrimonio de un vasallo hembra. Esto puede juzgarse en contradicción con la ley civil y canónica, la que declara que el matrimonio será libre, mientras la jurisprudencia feudal o municipal, en el caso de que un feudo pase a una hembra, reconoce el derecho del que otorga el feudo a dictaminar en la elección del esposo de aquélla. Ello se fundaba en el principio de que el personaje feudal, por su merced, era el otorgador original del feudo, y estaba interesado en que el matrimonio de la hembra vasallo no introdujese a un enemigo del soberano feudal. Por otra parte, puede razonablemente defenderse que este derecho de imponer a una hembra vasallo, dentro de ciertos límites, la elección del marido sólo compete al personaje feudal del que procede el feudo. No es, pues, muy improbable que una hembra vasallo de Borgoña acuda presurosa a buscar la protección del rey de Francia, de quien el propio duque de Borgoña era un vasallo, ni es muy inverosímil el afirmar que Luis, con toda su carencia de escrúpulos, hubiese proyectado traicionar a la fugitiva con una alianza que podía resultar inconveniente, cuando no peligrosa, para su pariente y vasallo de Borgoña.
Debo añadir que la historia de QUINTÍN DURWARD, que alcanzó una popularidad en Inglaterra más extendida que las anteriores novelas, encontró también un éxito no corriente en el Continente, en el que las alusiones históricas despertaban ideas más familiares.
Abbotsford, 1 diciembre 1831
Introducción
(2)
Y uno que ha tenido pérdidas -se va.
Mucho ruido y pocas nueces.
SHAKESPEARE.
Cuando el honrado Dogberry recapitula y recita todos los derechos que tiene a ser respetado, y que, en su opinión, debían haberle eximido del trato injurioso que le había infligido el caballero Conrado, es digno de notarse que no sacase más partido de su doble toga (asunto de alguna importancia en cierta capital que yo conozco), o de ser «un individuo apuesto, como cualquiera de Mesina», o del argumento concluyente de ser un hombre «lo suficientemente rico» y en cambio hiciese hincapié en ser uno que ha tenido pérdidas.
He observado siempre que a los que les sonríe la fortuna, bien por ocultar el nimbo brillante de su esplendor de aquellos a los que el hado ha tratado con más aspereza, o porque el medrar, luchando con la adversidad, es tan honroso para ellos como lo es para una fortaleza el resistir a un asedio, sea por lo que sea, he observado que semejantes personas nunca dejan de referirle a uno los perjuicios que sufren con la dureza de los tiempos.
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