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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.7

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No tiene ni un momento de tranquilidad; no se conserva sino a fuerza de derramar la sangre de todos aquellos a los que teme. ¡Insensato, que no ya que su crueldad, en la cual confía, le hará perecer! Cualquiera de sus domésticos, tan sanguinario como él, se apresurará a librar al mundo de este monstruo.»
     La ejemplar pero conmovedora escena de los sufrimientos del tirano tuvo por fin término con la muerte, acaecida el 30 de agosto de 1485.
     El haber escogido a este notable personaje como el principal de la novela -pues fácilmente se comprenderá que la pequeña intriga de amor de Quintín sirve sólo como medio de presentación de la historia- proporcionó grandes facilidades al autor. Toda Europa, durante el siglo XV, estaba agitada con disensiones de origen tan vario que se hubiera requerido casi un discurso para haber inculcado en el lector inglés un espíritu perfectamente despierto y preparado para admitir la posibilidad de las escenas extrañas que se le presentaban.
     En tiempo de Luis XI tenían lugar conmociones extraordinarias a través de toda Europa. Las guerras civiles de Inglaterra estaban concluídas más en apariencia que en realidad por el breve influjo de la Casa de York. Suiza proclamaba esa libertad que después tan bravamente defendió. En el Imperio, y en Francia, los grandes vasallos de la Corona procuraban emanciparse de su gobierno, mientras Carlos de Borgoña, por la fuerza, y Luis, más arteramente, por medios indirectos, laboraban para someterlos a su servicio en sus respectivas soberanías. Luis, mientras con una mano embaucaba y sometía a sus propios vasallos rebeldes, trabajaba secretamente con la otra para ayudar y alentar a las grandes ciudades comerciales de Flandes a rebelarse en contra del duque de Borgoña, a lo que la prosperidad o irritabilidad de dichas ciudades naturalmente las disponía. En la mayoría de los distritos forestales de Flandes el duque de Gueldres y Guillermo de la Marck, llamado por su ferocidad el Jabalí Salvaje de las Ardenas, estaban prescindiendo de los hábitos de los caballeros, para practicar las violencias y brutalidades de bandidos comunes.
     Cien secretas combinaciones existían en las diferentes provincias de Francia y Flandes; numerosos emisarios privados del inquieto Luis, bohemios, peregrinos, mendigos, o agentes disfrazados de tales, estaban propagando por todas partes el descontento que por política lo convenía mantener en los dominios de la Borgoña.
     Entre materiales tan varios y abundantes era difícil seleccionar los que más comprendiese e interesase al lector, y el autor tiene que lamentar que, aunque hizo uso con liberalidad del poder de apartarse de la realidad de la historia, no se siente en modo alguno confiado de haber dado a esta historia una forma agradable, compacta y suficientemente comprensible. El móvil principal de la trama es tal, que todo el que conozca un poco del sistema feudal puede comprenderlo fácilmente, aunque los hechos sean pura inventiva.


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