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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.5

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Pero la Providencia parece siempre mezclar la existencia de un peligro peculiar con alguna circunstancia que puede poner en guardia a aquéllos expuestos a dicho peligro. La constante sospecha que se tiene de cualquier hombre público que adquiere mala fama por faltar a su palabra es para él lo que el cascabel a la culebra de este nombre; y los hombres acaban por calcular no tanto por lo que dice su antagonista, sino por lo que es probable que haga, grado este de desconfianza que tiende a frustrar las intrigas de un carácter desleal con predominio sobre la ventaja de verse libre de los escrúpulos de los hombres de conciencia. El ejemplo de Luis XI produjo disgusto y sospecha más que un deseo de imitación entre otras naciones de Europa, y la circunstancia de considerarse más listo que algunos de sus contemporáneos sirvió para poner en guardia a los otros. Aun el sistema caballeresco, si bien mucho menos extendido que antiguamente, sobrevivió al reinado de este relajado monarca, que tanto hizo para empañar su lustro, y mucho tiempo después de la muerte de Luis XI inspiró al Caballero Sin Miedo y Sin Tacha y al galante Francisco I.
     Si bien el reinado de Luis tuvo tanto éxito desde el punto de vista político como él pudo desear, el espectáculo de su lecho de muerte pudo ser un aviso contra la seducción de su ejemplo. Sospechando de todos, pero principalmente de su propio hijo, se encerró entre las paredes del castillo de Plessis, confiando exclusivamente su persona a la fidelidad dudosa de sus mercenarios escoceses. No salía nunca de su habitación, no admitía a nadie en ella, y abrumaba al cielo y a todos los santos con rezos no para lograr el perdón de sus pecados, sino la prolongación de su vida. Con una pobreza de espíritu del todo contradictoria con su aguda sagacidad mundana, importunaba a sus médicos, hasta que estos acabaron por insultarlo y saquearle. En su extrema ansiedad por la vida envió a buscar en Italia unas supuestas reliquias y mandó venir a un campesino ignorante y alelado, el cual, probablemente por pereza, se había encerrado en una cueva y renunciado a la carne, pescado, huevos, o a los productos derivados de la leche. A este hombre, que no poseía el menor barniz de ilustración, reverenciaba Luis como si hubiese sido el propio Papa, y para ganar su afecto fundó dos claustros.
     No era la menor circunstancia singular de este ser supersticioso que los únicos objetos que parecían interesarle eran su salud corporal y la felicidad terrestre. Estaba estrictamente prohibido el hacer la menor referencia de sus pecados cuando se hablaba del estado de su salud, y cuando, a sus ruegos, un sacerdote rezó una oración a San Eutropio, en la que rogaba por la salud del rey, tanto corporal como espiritual, Luis dispuso que se omitiese la última palabra, diciendo que no era prudente importunar al santo bendito con demasiados ruegos de una vez.


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