Quintín Durward (Walter Scott) - pág.4
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En la práctica de Luis XI sucedían las cosas de otro modo. Era un voluptuoso de categoría inferior, buscando el placer sin sentimiento y despreciando el sexo del que deseaba obtenerlo; sus queridas eran de rango inferior, tan poco comparables con el carácter elevado, aunque defectuoso de Inés Sorel, como Luis a su heroico padre, que libró a Francia del yugo de Inglaterra. Seleccionando, de igual modo, sus favoritos y ministros entre las heces del pueblo, Luis demostró la poca consideración que guardaba a la cuna selecta y a la posición preeminente; y aunque esto pudiese no sólo ser excusable, sino meritorio, en el caso de que la voluntad del monarca hiciese conocer al talento oculto, o llamase al hombre modesto de valía, era muy diferente citando el rey hacía su favorito a hombres como Tristán l´Hermite, el jefe de su Marshalsea o policía; y era evidente que príncipe semejante no podía por más tiempo ser como su descendiente Francisco se designaba elegantemente a sí mismo, «el primer caballero en sus dominios».
Tampoco eran los dichos y acciones de Luis en público o en privado de un género que pudiesen redimir tales ofensas contra el carácter de un hombre de honor. Su palabra, que debía ser tenida como la prueba más sagrada del carácter de un hombre, y cuyo menor incumplimiento es una ofensa capital en el código del honor, era despreciada con el menor motivo, y su olvido era acompañado a menudo con la comisión de los crímenes más enormes. Si quebrantaba su palabra empeñada, no trataba al público con más ceremonia. El envío de una persona inferior disfrazada de heraldo a Eduardo IV era en aquellos días, en los que se consideraban a los heraldos como los sagrados depositarios de la fe pública y nacional, una imposición atrevida, de la que pocos, excepto este príncipe sin escrúpulos, se hacían culpables (1).
En una palabra, las maneras, sentimientos y acciones de Luis XI eran de tal índole, que resultaban incompatibles con los principios de caballerosidad, y su ingenio cáustico se aplicaba a ridiculizar un sistema en lo que consideraba como la más absurda de todas sus bases, ya que estaba fundado en el principio de dedicar esfuerzos, talento y tiempo a la consecución de objetos de los que, dada la naturaleza de los mismos, ninguna ventaja personal podía lograrse.
Es más que probable que al prescindir casi abiertamente de los lazos de religión, honor y ética, por los que los seres humanos se sienten en general influídos, buscaba Luis obtener grandes ventajas en sus negociaciones con partidos que se consideraban a sí mismos obligados, mientras él gozaba de libertad. Podía imaginarse que partía hacia la meta como el corredor de caballos que se ve libre de los pesos que aun entorpecen a sus competidores y espera ganar la carrera.
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