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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.3

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     De hecho, este espíritu se estaba anticuando, y tuvo, aun en su perfección, algo tan forzado y fantástico en sus principios, que lo hizo objeto especial del ridículo cuando, como otras modas antiguas, comenzó a perder reputación y pudieron emplearse contra él las armas de la murmuración, sin excitar el disgusto y horror con que hubieran sido rechazadas en un período temprano, cual una especie de blasfemia. Habían surgido en el siglo XIV una pandilla de burladores que pretendían reemplazar lo que era naturalmente útil en lo caballeresco por otros recursos, y arrojar el ridículo sobre los principios exclusivos y extravagantes del honor y la virtud, que se consideraban a todas luces como absurdos, porque en realidad estaban fundidos en un molde de perfección demasiado elevada para la práctica de seres falibles. Si un joven ingenuo y de noble espíritu se proponía mantenerse dentro de los principios de honor de su padre, era objeto de irrisión como si hubiese presentado en la palestra al bueno y anciano caballero Durindarte o lo hiciese el mismo con una espada de doble empuñadura, ridícula por su hechura antigua y estilo, aunque su hoja tuviese el temple del Ebro, y sus adornos fuesen de oro puro.
     De análoga manera fueron echados a un lado los principios caballerescos, y su ayuda se suplió con estimulantes más villanos. En vez del espíritu elevado que impulsaba a cada hombre a la defensa de su país, Luis XI utilizó los esfuerzos de todo soldado mercertario dispuesto, y persuadió a sus súbditos, entre los que comenzaba a destacarse la clase mercantil, que era mejor dejar a los mercenarios los riesgos y trabajos de la guerra, y proporcionar a la Corona los medios de pagarles, que exponerse a los peligros en defensa de su propia substancia. Los mercaderes fueron fácilmente convencidos por este modo de razonar. No llegó la hora, en los días de Luis XI, en que la clase media afincada y la nobleza pudieran, de análogo modo, ser excluidas de ir a las filas combatientes; pero el monarca voluntarioso comenzó ese sistema, que, mantenido por sus sucesores, acabó por poner toda la defensa militar del Estado en manos de la Corona.
      Se había adelantado igualmente a modificar los principios que por costumbre regulaban el intercambio de los sexos. Las doctrinas de la caballerosidad habían establecido, en teoría al menos, un sistema en que la Belleza era la divinidad que gobernaba y recompensaba y el Valor su esclavo, que se crecía en su presencia, y daba su vida por prestarlo el menor servicio. Es cierto que este sistema era propicio a extravagancias fantásticas, y con frecuencia se originaban casos de escándalo. Sin embargo, eran generalmente de aquellos, como los mencionados por Burke, en que la flaqueza estaba privada de la mitad de su culpa, resultando purificada de toda su grosería.


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