Quintín Durward (Walter Scott) - pág.2
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Para este fin está dotado Mefistófeles, como Luis XI, con un espíritu despierto de desprecio y de ingenio mordaz, que se emplea incesantemente en rebajar y envilecer todas las acciones.
Aun al autor de obras de mero entretenimiento puede permitírsele ponerse serio por un momento con el fin de condenar toda política, de carácter público o privado, que tenga por fundamento los principios de Maquiavelo o la conducta de Luis XI.
Las crueldades, los perjurios, las sospechas de este príncipe aparecían aún más detestables por la degradante superstición que constantemente practicaba. La devoción a los santos de la Corte celestial, de la que tanto alarde hacía, podía compararse a la miserable práctica de algún mezquino comisario que intenta ocultar o atenuar las malversaciones de que es culpable con dádivas liberales a aquellos cuyo deber es observar su conducta, y trata de sostener un sistema de fraude con un intento de corromper lo incorruptible. No de otro modo podernos considerar su idea de hacer a la Virgen María condesa y coronel de su guardia, o la astucia con que atribuía a una o dos formas particulares de juramento la fuerza de una obligación ineludible, que negaba a todas las demás, manteniendo estrictamente el secreto, cuya forma de juramento tenía, en realidad, como obligatoria y en la categoría de uno de los misterios más valiosos del Estado.
A una falta total de escrúpulo, o, como aparecía, a toda carencia de sentido moral, añadía Luis XI una gran firmeza natural y una sagacidad de carácter, con un sistema de política tan sumamente refinado, si se considera los tiempos en que vivió, que a veces se sobrepasó a sí mismo cediendo a sus dictados.
No hay retrato tan obscuro que por lo general carezca de contrastes. El rey comprendió los intereses de Francia, y se dedicó a defenderlos mientras pudo identificarlos con el suyo. Condujo al país con seguridad a través de la crisis peligrosa de la guerra denominada «por el bien público», desuniendo y dispersando esta grande y peligrosa alianza de los vasallos de la gran corona de Francia contra el soberano. Un rey de un carácter menos precavido y contemporizador y de una disposición más atrevida y menos habilidosa que Luis XI hubiera fracasado con toda probabilidad. Luis tenía además algunas prendas personales no contradictorias con su carácter en público. Era alegre o ingenioso en sociedad; acariciaba a su víctima, como el gato que acaricia cuando está dispuesto a hacer una dolorosa herida, y nadie fué más hábil para sostener y enaltecer la superioridad de las razones toscas y egoístas con las que trataba de suplir esos motivos más nobles para el esfuerzo, que sus antecesores habían encontrado en el elevado espíritu caballeresco.
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