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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.51

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Yo la seguí, y los negros apresuraron el paso y fruncieron el ceño. Pero no me importó. Sentía una gran curiosidad. Al fin se detuvieron ante una casa blanca cuadrada. No tenía ventanas, sólo una puerta pequeña como la puerta de una tumba. Dejaron en el suelo el palanquín y golpearon tres veces con un martillo de cobre. Un armenio con caftán de cuero verde miró por el postigo, y al verles les abrió, y extendió una alfombra en el suelo, y la mujer salió. Al entrar se volvió y volvió a sonreírme. Nunca había visto a nadie tan pálido.
Cuando salió la luna regresé al mismo lugar y busqué la casa, pero ya no estaba allí. Al ver eso supe quién era la mujer y por qué me había sonreído.
Ciertamente deberías haber estado conmigo. En la fiesta de la luna nueva salió el joven emperador de su palacio y entró en la mezquita para orar. Tenía los cabellos y la barba teñidos con hojas de rosa, y las mejillas empolvadas con fino polvo de oro. Las palmas de sus pies y de sus manos estaban amarillas por el azafrán.
A la salida del sol salió de palacio con túnica de plata, y al ocaso volvió a él de nuevo con túnica de sol. La gente se lanzaba a tierra y escondía el rostro, pero yo no quise hacerlo. Me quedé de pie junto al puesto de un vendedor de dátiles y esperé. Cuando me vio el emperador alzó las cejas pintadas y se detuvo. Yo estaba completamente inmóvil, y no le rendí pleitesía. La gente se maravilló de mi osadía y me aconsejó que huyera de la ciudad. No les hice caso alguno, sino que fui a sentarme con los que vendían dioses extranjeros, que a causa de su negocio son abominados. Cuando les conté lo que había hecho me dieron un dios cada uno y me rogaron que me apartara de ellos.
Aquella noche, cuando estaba recostado en un cojín en la casa de té que está en la calle de las Granadas, entraron los guardias del emperador y me llevaron a palacio. Según avanzaba, iban cerrando cada puerta que pasaba, y ponían una cadena atravesándola. Dentro había un gran patio con una columnata todo alrededor; los muros eran de alabastro blanco, combinado acá y allá con azulejos azules y verdes; los pilares eran de mármol verde y el pavimento de una clase de mármol del color de la flor del melocotón.


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