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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.50

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Cuando se para uno a hablar con ellos, echan una pizca de incienso en un brasero de carbón vegetal y perfuman el aire. Vi a un sirio que tenía en .las manos una varilla delgada como una caña, hebras grises de humo salían de ella, y su fragancia al arder era la fragancia de la flora rosa del almendro en primavera. Otros venden brazaletes de plata cubiertos de turquesas azul cremoso engastadas en relieve todo por encima, y ajorcas para los tobillos de hilo de bronce bordeado de perlas, y garras de tigre engarzadas en oro, y garras de ese felino de oro, el leopardo, montadas también en oro, y pendientes de esmeraldas taladradas, y anillos de jade hueco. De las casas de té llega el son de la guitarra, y los fumadores de opio, con sus blancos rostros sonrientes, miran a los transeúntes.
-En verdad debieras haber estado conmigo. Los vendedores de vino se abren paso a codazos entre la multitud, llevando grandes odres negros sobre los hombros. La mayoría de ellos venden vino de Chiraz, que es dulce como la miel. Lo sirven en pequeñas tazas de metal y esparcen hojas de rosa sobre él. En la plaza del mercado están en pie los vendedores de fruta, y la venden de todas clases: higos maduros, con su pulpa púrpura magullada; melones, oliendo a almizcle y amarillos como topacios; cidras y pomarrosas, y racimos de uvas blancas; redondas naranjas de oro rojizo, y limones ovalados de oro verde. En una ocasión vi pasar a un elefante; llevaba la trompa pintada de bermellón y cúrcuma, y sobre las orejas llevaba una red de cordón de seda carmesí. Se paró delante de uno de los puestos y empezó a comerse las naranjas, y el hombre no hizo otra cosa que reírse. No puedes imaginarte qué gente tan extraña es. Cuando están alegres van a los que venden pájaros y les compran un pájaro enjaulado y lo ponen en libertad para que aumente su alegría, y cuando están tristes se azotan con espinas para que su dolor no decrezca.
Una tarde encontré a unos negros que llevaban un pesado palanquín a través del bazar. Era de bambú sobredorado, y las varas eran de laca bermellón tachonadas con pavos reales de bronce. De las ventanillas colgaban finos visillos de muselina bordada con alas de escarabajo y con aljófares diminutos, y al pasar, una circasiana de pálido rostro se asomó y me sonrió.


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