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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.49

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-El amor es mejor -respondió el joven pescador.
Y se sumergió en el abismo, y el alma se fue llorando por las marismas.

Y cuando hubo transcurrido el segundo año bajó el alma a la orilla del mar y llamó al joven pescador, y él salió del abismo y dijo:
-¿Por qué me llamas?
Y el alma respondió:
-Acércate más para que pueda hablar contigo, pues he visto cosas maravillosas.
Así que se acercó más y se tendió en las aguas poco profundas, y apoyó la cabeza en la mano y escuchó.
Y el alma le dijo:
-Cuando me separé de ti volví mi rostro hacia el Sur y emprendí el camino. Del Sur viene todo lo que es precioso. Seis días viajé a lo largo de las rutas que conducen a la ciudad de Aster, a lo largo de los caminos polvorientos teñidos de rojo por los que van los peregrinos viajé yo; y en la mañana del séptimo día levanté los ojos, y, ¡oh sorpresa!, la ciudad yacía a mis pies, pues está en un valle.
Hay nueve puertas en esta ciudad, y delante de cada puerta hay un caballo de bronce que relincha cuando bajan los beduinos de las montañas. Las murallas están revestidas de cobre, y las torres vigía de las murallas están cubiertas con tejado de latón. En cada torre hay un arquero con un arco en la mano. Y a la salida del sol percute con una flecha sobre un gong, y a la puesta del sol sopla en un cuerno de asta.
Cuando traté de entrar, los centinelas me detuvieron y me preguntaron quién era. Yo les respondí que era un derviche, en camino a la Meca, donde había un velo verde en el que estaba bordado el Corán con letras de plata por manos de los ángeles. Se llenaron de asombro, y me rogaron que entrara.
Dentro, la ciudad es semejante a un bazar. Ciertamente debieras haber estado conmigo. A través de las calles estrechas, alegres farolillos de papel revolotean como grandes mariposas; cuando sopla el viento sobre los tejados se alzan y caen como burbujas pintadas. Delante de sus puestos se sientan los mercaderes sobre alfombras de seda. Llevan barba negra lacia, y el turbante cubierto de lentejuelas doradas, y largas sartas de ámbar y huesos de melocotón se deslizan entre sus dedos fríos. Algunos venden gálbano y nardo, y extraños perfumes de las islas del océano Índico; y el bálsamo denso de rosas rojas y mirra y clavo menudo.


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