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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.47

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Al pasar volando las palomas, sus alas tropezaban con las campanas y las hacían repiquetear.
Delante del templo había un estanque de agua clara pavimentado con ónice veteado. Yo me recosté junto a él, y con mis dedos pálidos toqué las anchas hojas. Uno de los sacerdotes vino hasta donde yo estaba y se quedó de pie detrás de mí. Tenía sandalias en los pies, una de suave piel de serpiente y la otra de plumas de ave. En la cabeza llevaba una mitra de fieltro negro adornado con dibujos de la media luna en plata. Siete tonos diferentes de amarillo estaban tejidos en su túnica, y su cabello crespo estaba teñido con antimonio.
Después de una breve pausa me habló, y me preguntó qué deseaba.
Le dije que mi deseo era ver al dios.
-El dios está cazando -dijo el sacerdote, mirándome con extrañeza con sus pequeños ojos oblicuos.
-Dime en qué bosque y cabalgaré con él -respondí. Él peinó los suaves flecos de su túnica con sus largas uñas puntiagudas.
-El dios está dormido -susurró.
-Dime en qué lecho, y velaré junto a él -respondí yo.
-El dios está en el festín -exclamó.
-Si el vino es dulce lo beberé con él, y si es amargo, lo beberé con él también -fue mi respuesta.
Inclinó la cabeza admirado y, tomándome de la mano, me alzó, y me condujo al templo.
Y en la primera cámara vi un ídolo sentado en un trono de jaspe bordeado de grandes perlas orientales. Estaba tallado en ébano, y su estatura era la estatura de un hombre. En su frente había un rubí, y óleo espeso goteaba de su cabello hasta los muslos. Tenía los pies enrojecidos con la sangre de un cabrito recién sacrificado y la cintura ceñida con un cinturón de cobre tachonado con siete berilos.
Y dije al sacerdote:
-¿Es este el dios?
Y él me respondió:
-Este es el dios.
-Enséñame el dios -grité-, o ten por seguro que te mataré.
Y le toqué la mano y esta se secó.
Y el sacerdote me rogaba diciendo:
-Que mi señor cure a su siervo y le mostraré el dios.
Así que exhalé mi aliento sobre su mano, y volvió a estar sana, y él, temblando, me condujo a la segunda cámara, y vi un ídolo en pie sobre un loto de jade del que pendían grandes esmeraldas.


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