Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.46
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Era de noche cuando llegamos a la arboleda que hay fuera de sus muros, y el aire era sofocante, pues la luna estaba en su curso por Escorpión. Cogimos las granadas maduras de los árboles, y las abrimos y bebimos su dulce jugo. Luego nos echamos en nuestras alfombras y esperamos al alba.
Y al alba nos levantamos y llamamos a las puertas de la ciudad. Eran de bronce rojo y llevaban esculpidos dragones marinos y dragones con alas. Los centinelas nos miraron desde las almenas y nos preguntaron qué queríamos. El intérprete de la caravana respondió que habíamos llegado de la isla de Siria con abundante mercancía. Tomaron rehenes, y nos dijeron que nos abrirían la puerta a mediodía, y nos pidieron que nos quedáramos allí hasta entonces.
Al mediodía abrieron la puerta, y cuando entramos salió la gente en tropel de las casas para mirarnos; y un pregonero recorrió la ciudad voceando a través de una caracola. Nosotros estábamos en la plaza del mercado, y los negros desataron los fardos de tela estampada con figuras y abrieron los cofres tallados de madera de sicomoro. Y cuando hubieron terminado su tarea, sacaron los mercaderes sus extrañas mercancías: el lino encerado de Egipto y el lino pintado del país de los etíopes, las esponjas púrpura de Tiro y los tapices azules de Sidón, las copas de frío ámbar y las finas vasijas de cristal y las curiosas vasijas de arcilla cocida y quemada. Desde la azotea de una casa un grupo de mujeres nos observaba. Una de ellas llevaba una máscara de cuero sobredorado.
Y el primer día vinieron los sacerdotes y comerciaron con nosotros, y el segundo día vinieron los nobles, y el tercer día, los artesanos y los esclavos. Y esta es la costumbre que tienen respecto a todos los mercaderes mientras están en la ciudad.
Y permanecimos allí durante una luna, y cuando la luna estaba en el cuarto menguante, me cansé y me puse a vagar por las calles de la ciudad, y llegué al jardín de su dios. Los sacerdotes, con sus túnicas amarillas, se movían silenciosamente entre los verdes árboles, y sobre un pavimento de mármol negro se levantaba la casa de color rojo rosado en la que el dios tenía su morada. Sus puertas estaban revestidas de laca, y toros y pavos reales estaban esculpidos en ellas en relieves de oro pulido. El tejado era de tejas de porcelana verde mar, y las cornisas, muy salientes, están festoneadas de campanillas.
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