Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.44
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Seis días viajé, y en la mañana del séptimo día llegué a una colina del país de los tártaros. Me senté a la sombra de un tamarindo para resguardarme del sol. La tierra estaba reseca y requemada por el calor. Las gentes iban de acá para allá en la llanura semejantes a moscas arrastrándose sobre un disco de cobre bruñido.
Cuando llegó el mediodía subió del borde llano de la tierra una nube de polvo rojo. Al verla, los tártaros tensaron sus arcos pintados y, después de saltar a sus pequeños caballos, galoparon a su encuentro. Las mujeres huyeron gritando a las carretas, y se ocultaron detrás de las cortinas de fieltro.
Al crepúsculo regresaron los tártaros, pero faltaban cinco, y de los que volvían no pocos habían sido heridos. Engancharon los caballos a las carretas y se fueron apresuradamente.
Salieron tres chacales de una cueva y se pusieron a mirar detrás de ellos; y olfatearon el aire y se fueron trotando en dirección opuesta.
Cuando salió la luna vi un fuego de campamento que ardía en la llanura, y fui hacia él. Alrededor había un grupo de mercaderes sentados sobre alfombras. Detrás de ellos estaban sus camellos atados a estacas, y los negros que tenían por siervos estaban armando sobre la arena tiendas de piel curtida, y haciendo una alta cerca con nopales.
Al acercarme a ellos, el jefe de los mercaderes se levantó y sacó la espada, y me preguntó qué me llevaba allí. Yo respondí que era príncipe en mi propia tierra, y que había escapado de los tártaros, que habían intentado hacerme su esclavo. El jefe se sonrió, y me mostró cinco cabezas clavadas en largas cañas de bambú.
Luego me preguntó quién era el profeta de Dios, y le respondí que era Mahoma.
Cuando oyó el nombre del falso profeta, inclinó la cabeza y me tomó de la mano, y me colocó a su lado. Un negro me llevó leche de yegua en una escudilla de madera, y un pedazo de carne de cordero asada.
Al rayar el día proseguimos el viaje. Yo cabalgaba en un camello de pelo rojizo, junto al jefe, y un corredor corría delante de nosotros llevando una lanza. Iban los guerreros a ambos lados, y seguían las mulas con la mercancía. Había cuarenta camellos en la caravana, y el número de mulas era dos veces cuarenta.
Del país de los tártaros fuimos al país de los que maldicen a la luna.
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