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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.40

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Corrió hacia él un perro negro y gruñó. Le golpeó con una vara de sauce, y se fue quejumbroso.
A medianoche llegaron las brujas volando por el aire como murciélagos.
-¡Fiuu! -gritaban, cuando se posaban en el suelo-; ¡hay alguien a quien no conocemos!
Y olfateaban alrededor y parloteaban unas con otras y se hacían señas. La última de todas fue la joven hechicera, con sus cabellos rojos ondeando al viento. Llevaba un vestido de tisú de oro con bordado de ojos de pavo real, y tenía en la cabeza un gorrito de terciopelo.
-¿Dónde está, dónde está? -chillaron las brujas cuando la vieron.
Pero ella sólo reía, y corrió al carpe, y tomando al pescador de la mano le sacó a la luz de la luna, y empezó a danzar.
Giraban y giraban dando vueltas y más vueltas, y la joven hechicera saltaba tan alto que podía ver él los tacones escarlata de sus zapatos. Luego llegó, precisamente a través de los bailarines, el ruido del galope de un caballo, pero no se veía caballo alguno, y él sintió miedo.
-¡Más deprisa! -gritó la hechicera.
Y le echó los brazos alrededor del cuello, y él sintió sobre su rostro el cálido aliento de ella.
-¡Más deprisa, más deprisa! -gritaba.
Y parecía que la tierra daba vueltas bajo sus pies, y se le turbó el cerebro, y le sobrecogió un gran terror, como una sensación de algo perverso que le estuviera vigilando; y al fin fue consciente de que bajo la sombra de un peñasco había una figura que no estaba allí antes. Era un hombre vestido con un traje de terciopelo negro, cortado a la moda española. Su rostro era extrañamente pálido, pero tenía los labios como una altiva flor roja. Parecía cansado, y apoyaba la espalda, jugueteando de un modo lánguido con el pomo de su daga. En la hierba, a su lado, había un sombrero con un airón de plumas y un par de guanteletes de montar con puño de encaje dorado, y con un extraño emblema bordado con aljófares. Colgaba de su hombro una capa corta forrada de piel de cebellina, y sus delicadas manos blancas estaban enjoyadas con anillos. Caían sobre sus ojos unos párpados pesados.
El joven pescador se le quedó mirando, como quien está atrapado en un conjuro. Finalmente cruzaron la mirada, y dondequiera que bailara le parecía que los ojos del hombre estaban fijos sobre él.


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