Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.38
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¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? Dime tu deseo, y yo te lo concederé; y tú me pagarás un precio, hermoso muchacho, me pagarás un precio.
-Mi deseo es tan sólo una cosa muy pequeña -dijo el joven pescador-; sin embargo, el sacerdote se ha enojado conmigo y me ha echado. No es más que una cosa pequeña, y los mercaderes se han burlado de mí y me la han negado. Por tanto, he venido a ti, aunque los hombres te llaman perversa, y sea cual sea el precio lo pagaré.
-¿Qué es lo que quieres? -preguntó la hechicera, acercándose a él.
-Quisiera arrojar mi alma lejos de mí -respondió el joven pescador.
La hechicera se puso pálida y se estremeció, y ocultó el rostro en su manto azul.
-Hermoso muchacho, hermoso muchacho -musitó-, esa es una cosa terrible de hacer.
Él sacudió sus rizos castaños y se rió.
-Mi alma no es nada para mí -respondió-. No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.
-¿Qué me darás si te lo digo? -preguntó la hechicera, bajando a él la mirada de sus bellos ojos.
-Cinco monedas de oro -dijo él-, y mis redes, y la casa de zarzo en que vivo, y la barca pintada en que navego. Dime sólo cómo librarme de mi alma, y te daré todo lo que poseo.
Ella se rió mofándose de él, y le dio un golpecito con la rama de cicuta.
-Puedo convertir las hojas de otoño en oro -respondió-, y puedo tejer con los pálidos rayos de la luna un tejido, si quiero. Aquel a quien sirvo es más rico que todos los reyes de este mundo y posee los dominios de ellos.
-¿Qué debo darte entonces -exclamó él-, si tu precio no es oro ni plata?
La hechicera le rozó el cabello con su delgada mano blanca.
-Debes danzar conmigo, hermoso muchacho -murmuró.
Y le sonrió mientras le hablaba.
-¿Nada más que eso? -exclamó el joven pescador lleno de asombro, y se puso en pie.
-Nada más que eso -repuso ella, y volvió a sonreírle.
-Entonces, a la puesta del sol bailaremos juntos en algún lugar secreto -dijo él-, y después de haber bailado me dirás la cosa que deseo saber.
Ella negó con la cabeza.
-Cuando haya plenilunio, cuando haya plenilunio -musitó.
Luego escudriñó todo en derredor suyo, y escuchó. Un pájaro azul se levantó chillando de su nido e hizo círculos sobre las dunas, y tres aves moteadas hicieron crujir la hierba gris y áspera y se silbaron una a otra.
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