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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.35

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Y la sirenita rió de placer y ocultó el rostro entre las manos.
-Pero ¿cómo arrojaré el alma fuera de mí? -exclamó el joven pescador-. Dime cómo puedo hacerlo, y ¡hala!, lo haré.
-¡Ay! No lo sé -dijo la sirenita-; los habitantes del mar no tienen alma.
Y se sumergió en la profundidad, mirándole anhelante.

Y a la mañana siguiente temprano, antes de que el sol hubiera recorrido el espacio de la mano de un hombre por encima del collado, el joven pescador fue a casa del sacerdote y llamó tres veces a la puerta.
El novicio miró por el postigo, y, cuando vio quién era, descorrió el pestillo y dijo:
-Entra.
Y entró el joven pescador, y se puso de rodillas en los junquillos del suelo, que exhalaba un suave olor, y dijo a gritos al sacerdote, que estaba leyendo el libro sagrado:
-Padre, estoy enamorado de una que habita en el mar y mi alma me impide realizar mi deseo. Decidme cómo puedo arrojar mi alma lejos de mí, pues en verdad no la necesito para nada. ¿Qué valor tiene mi alma para mí? No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.
Y el sacerdote se dio golpes de pecho y exclamó:
-¡Ay, ay! Tú estás loco o has comido alguna hierba venenosa, pues el alma es la parte más noble del hombre, y nos la dio Dios para que la usáramos noblemente. No existe cosa de más precio que un alma humana, y no hay cosa terrena con la que pueda ponerse en la misma balanza. Vale lo que todo el oro que hay en el mundo, y es de más precio que los rubíes de los reyes. Por tanto, hijo mío, no pienses más en este asunto, pues es un pecado que no puede ser perdonado. Y en cuanto a los que habitan en el mar, están condenados, y los que mantienen trato con ellos están perdidos también. Son como las bestias del campo que no distinguen el bien del mal, y por ellos no ha muerto el Señor.
Al joven pescador se le llenaron los ojos de lágrimas al oír las amargas palabras del sacerdote, y se puso en pie y le dijo:
-Padre, los faunos viven en el bosque y están alegres, y en las rocas se sientan los tritones con sus arpas de oro de ley. Dejadme que sea como ellos, os lo suplico, pues sus días son como los días de las flores.


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