Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.33
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Pero el joven pescador respondió:
-No te dejaré ir a no ser que me hagas la promesa de que siempre que te llame vendrás a cantar para mí, pues a los peces les deleita escuchar el canto de los que habitan en el mar, y así se llenarán mis redes.
-¿De verdad dejarás que me vaya si te lo prometo? -exclamó la sirena.
-De verdad que dejaré que te vayas -dijo el joven pescador.
Así es que ella le prometió lo que él deseaba, y lo juró con el juramento de los habitantes del mar. Y él aflojó los brazos en torno de ella, y la sirena se sumergió en el agua, temblando con un extraño temor.
Todas las tardes salía al mar el joven pescador y llamaba a la sirena; y salía ella del agua y cantaba para él. Dando vueltas y más vueltas en torno suyo nadaban los delfines, y las ariscas gaviotas hacían círculos por encima de su cabeza.
Y ella cantaba un canto maravilloso, pues cantaba acerca de los habitantes del mar que conducen a sus rebaños de cueva en cueva, y llevan a los ternerillos sobre los hombros; de los tritones de largas barbas verdes y pecho velludo, que tocan caracolas retorcidas cuando pasa el rey; del palacio del rey, todo de ámbar, con tejado de esmeralda clara y suelo de perla reluciente; y de los jardines del mar, donde los grandes abanicos de filigrana de coral ondean todo el día, y los peces pasan raudos como pájaros de plata, y se abrazan las anémonas a las rocas, y florecen los claveles en la arena amarilla festoneada. Cantaba, y su canción era sobre las grandes ballenas que bajan de los mares del Norte y llevan agudos carámbanos colgándoles de las aletas; de las sirenas, que cuentan cosas hasta tal punto maravillosas que los mercaderes tienen que taponarse los oídos con cera, pues si las oyeran saltarían al agua y se ahogarían; y era también su canción sobre los galeones hundidos con sus altos mástiles, y los marineros congelados adheridos a las jarcias, y las caballas entrando y saliendo a nado por las portillas; sobre las pequeñas lapas, que son grandes viajeras y se adhieren a las quillas de los barcos y van dando vueltas alrededor del mundo; y sobre las jibias que viven en los flancos de los acantilados y extienden sus largos brazos negros, y pueden hacer que venga la noche cuando quieren.
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