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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.31

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-Su baile era divertido -dijo la infanta-; pero su manera de actuar es más divertida aún. Verdaderamente es casi tan bueno como las marionetas, sólo que, desde luego, no es tan natural.
E hizo revolotear su abanico y aplaudió.
Pero el enanito no alzaba nunca la vista, y sus sollozos iban siendo cada vez más débiles y, de pronto, dio una curiosa boqueada y se apretó el costado. Y volvió a caer hacia atrás y se quedó completamente inmóvil.
-¡Eso es magnífico! -dijo la infanta, después de una pausa-; pero ahora tienes que bailar para mí.
-Sí -gritaron todos los niños-, tienes que levantarte y bailar, pues eres tan hábil como los monos de Berbería, y mucho más ridículo.
Pero el enanito no se movía.
Y la infanta golpeó el suelo con el pie, y llamó a su tío, que estaba paseando en la terraza con el chambelán, y leía unos despachos que acababan de llegar de México, donde se había establecido recientemente el Santo Oficio.
-Mi divertido enanito está mohíno -exclamó-, tenéis que despertarle y decirle que baile para mí.
Cruzaron una sonrisa, y entraron con calma, y don Pedro se inclinó y dio un golpecito al enano en la mejilla con su guante bordado.
-Tienes que bailar -dijo-, pequeño monstruo9. Tienes que bailar. La infanta de España y de las Indias desea que se la divierta.
9. «Pequeño monstruo». En francés en el original: petit monstre.
Pero el enanito no se movió a pesar de todo. -Debieran llamar al encargado de los azotes -dijo con talante molesto.
Y se volvió a la terraza.
Pero el chambelán tomó un aire grave, y se arrodilló junto al enanito y le puso la mano sobre el corazón. Y después de unos instantes se encogió de hombros y se levantó, y habiendo hecho una profunda reverencia a la infanta, dijo:
-Mi bella princesa, vuestro divertido enanito nunca volverá a bailar. Es lástima, pues es tan feo que puede que hubiera hecho sonreír al rey.
-¿Pero por qué no volverá a bailar? -preguntó la infanta, riendo.
-Porque se le ha roto el corazón -respondió el chambelán.
Y la infanta frunció el ceño, y sus delicados labios de hoja de rosa se curvaron en un bonito gesto de desdén.
-En el futuro, que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón -exclamó.
Y salió corriendo al jardín.

EL PESCADOR Y SU ALMA


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