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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.29

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El castaño tenía sus capiteles de estrellas blancas, y el espino sus pálidas lunas de belleza. ¡Sí, seguro que ella iría, con tal de que pudiera encontrarla! Iría con él al hermoso bosque, y todo el día bailaría él para delicia suya. Una sonrisa le iluminó los ojos al pensar en ello, y pasó al salón siguiente.
De todas las estancias esta era la más radiante y la más hermosa. Los muros estaban cubiertos de damasco de Lucca estampado en tono rosa con un diseño de pájaros y salpicado de delicadas flores de plata, los muebles eran de plata maciza, festoneada con guirnaldas de flores y Cupidos meciéndose; delante de las dos grandes chimeneas había magníficos guardafuegos con loros y pavos reales bordados, y el suelo, que era de ónice verde mar, parecía extenderse a lo lejos en la distancia. No estaba él solo. De pie, bajo la sombra del quicio de la puerta, al fondo de la habitación, vio una pequeña figura que le estaba mirando. Su corazón tembló, un grito de alegría se escapó de sus labios, y se movió, poniéndose en la zona iluminada por los rayos del sol. Al hacerlo, la figura se movió también y la vio claramente.
¡Sí, sí, la infanta! Era un monstruo, el monstruo más grotesco que había visto él en su vida. Sin forma apropiada, como la de las demás personas, sino jorobado y de piernas torcidas, con una enorme cabeza que colgaba y crines de pelo negro. El enanito frunció el ceño, y el monstruo lo frunció también. Se rió, y rió con él, y se puso en jarras exactamente como él lo estaba haciendo. Le hizo una inclinación burlesca, le devolvió una profunda reverencia. Fue hacia él, y vino a su encuentro, copiando cada paso que daba, y parándose cuando se paraba él. Gritó divertido, y echó a correr hacia adelante, y extendió la mano, y la mano del monstruo tocó la suya, y estaba tan fría como el hielo. Le entró miedo, e hizo un movimiento con la mano, y la mano del monstruo lo siguió rápidamente. Trató de empujarlo, pero algo liso y duro le detuvo. La cara del monstruo estaba ahora pegada a la suya y parecía llena de terror. Se apartó el pelo de los ojos. Le imitó. Lo golpeó, y le devolvió golpe por golpe. Le dio muestras de que lo abominaba, y le hizo a él horribles muecas.


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