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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.28

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Las colgaduras eran de cordobán trabajado en oro, y una pesada araña sobredorada con brazos para trescientas velas colgaba del techo blanco y negro. Bajo un gran dosel de tejido de oro, en el que estaban bordados en aljófares los castillos y leones de Castilla, estaba el trono mismo, cubierto con un rico dosel de terciopelo negro recamado de tulipanes de plata y orlado con una complicada cenefa de plata y perlas. En la segunda grada del trono estaba colocado el escabel de la infanta, con su cojín forrado de tisú de plata y, por debajo de este y fuera del dosel, estaba el asiento del nuncio del Papa, el único que tenía derecho a sentarse en presencia del rey con ocasión de ceremonias públicas, y cuyo capelo cardenalicio estaba colocado delante, en un taburete8 de púrpura, con su maraña de borlas escarlata. En el muro, frente al trono, colgaba un retrato de tamaño natural de Carlos V en traje de caza, con un gran mastín a su lado, y un retrato de Felipe II recibiendo el homenaje de los Países Bajos ocupaba el centro de otro de los muros. Entre las ventanas había un bargueño de negro ébano, con incrustaciones de placas de marfil, en las que estaban grabadas las figuras de La danza de la muerte, de Holbein -de mano, se decía, del famoso maestro mismo.
8. En francés en el original: tabouret.
Pero al enanito no le interesaba nada toda esta magnificencia. Él no hubiera dado su rosa por todas las perlas del dosel, ni un solo pétalo blanco de su rosa por el trono mismo. Lo que él quería era ver a la infanta antes de que bajase al pabellón y decirle que se fuera con él cuando hubiera terminado su baile. Aquí, en el palacio, el aire era denso y pesado, pero en el bosque el viento soplaba libre, y el sol apartaba con manos errantes de oro las hojas trémulas. Había flores también en el bosque, no tan espléndidas acaso como las flores del jardín, pero más dulcemente perfumadas, en cambio: jacintos al comienzo de la primavera, que inundaban de púrpura ondulate las frescas cañadas y los oteros cubiertos de hierba, velloritas amarillas, que se apretaban en pequeños ramilletes alrededor de las raíces retorcidas de los robles, brillante celidonia, y verónica azul, e iris color lila y oro. Había amentos grises sobre los avellanos, y las dedaleras azules se inclinaban por el peso de sus corolas moteadas llenas de abejas.


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