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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.26

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A veces lo atravesaba un obispo montado en su mula blanca, leyendo en un libro ilustrado con dibujos de colores. Otras veces pasaban los halconeros con su gorra de terciopelo verde y sus jubones de gamuza curtida, con halcones encapuchados al puño. En tiempo de la vendimia llegaban los que pisaban la uva, con manos y pies de púrpura, coronados de hiedra satinada y llevando pellejos de vino que goteaban; y los carboneros, que hacían carbón de leña, sentados alrededor de sus inmensas hogueras por la noche, vigilando cómo se carbonizaban los leños secos lentamente en el fuego, y asando castañas en las cenizas, y los ladrones salían de sus cuevas y pasaban buenos ratos con ellos. En una ocasión, también, había visto un hermoso cortejo seperteando en la larga calzada polvorienta que iba a Toledo. Iban delante los monjes cantando dulcemente, y llevando pendones brillantes y cruces de oro, y luego, con armadura de plata, con mosquetones y picas, venían los soldados, y en medio de ellos caminaban tres hombres descalzos, con extrañas túnicas amarillas pintadas todo por encima con figuras maravillosas, y llevando cirios encendidos en la mano. Ciertamente había mucho que ver en el bosque; y cuando ella estuviera cansada encontraría para ella un suave terraplén cubierto de musgo, o la llevaría en brazos, pues él era muy fuerte, aunque sabía que no era alto. Le haría un collar de rojas bayas de brionia, que. serían igual de bonitas que las bayas blancas que llevaba en el vestido, y cuando se cansara de ellas podría tirarlas, y él le encontraría otras. Le llevaría copas de bellota y anémonas empapadas de rocío y gusanos de luz diminutos para que fueran estrellas en el oro pálido de su cabello.
Pero ¿dónde estaba ella? Preguntó a la rosa blanca, y esta no le respondió. Todo el palacio parecía dormido, e incluso donde no habían cerrado las contraventanas, habían corrido pesados cortinajes sobre las ventanas para que no entrara la luz deslumbradora. Dio vueltas todo alrededor buscando algún sitio por el que poder entrar, y al fin vio una pequeña puerta de servicio que estaba abierta. La atravesó cautelosamente, y se encontró en un salón espléndido, mucho más espléndido, se temía, que el bosque, pues había muchas más cosas doradas por todas partes, y hasta el suelo estaba hecho de grandes piedras de colores, dispuestas en una especie de dibujo geométrico.


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