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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.25

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Le gustaban muchísimo los pájaros y las lagartijas, y pensaba que las flores eran las cosas más maravillosas del mundo entero, a excepción naturalmente de la infanta, pero es que ella le había dado la bella rosa blanca y le amaba, y eso era muy diferente. ¡Cómo deseaba volver a estar con ella! Le haría ponerse a su derecha y le sonreiría, y él nunca se apartaría de su lado, sino que la tendría por compañera de juegos y le enseñaría toda clase de travesuras deliciosas. Pues, aun cuando él no había estado nunca antes en un palacio, sabía muchas cosas maravillosas. Sabía hacer jaulitas con juncos para que cantaran dentro los grillos y hacer con larga caña nudosa de bambú la flauta que le gusta oír al dios Pan. Conocía el grito de todas las aves, y podía llamar a los estorninos de la copa de los árboles y a la garza real de la laguna. Conocía el rastro de todos los animales, y podía rastrear a la liebre por sus huellas delicadas y al oso por las hojas holladas. Todas las danzas del viento las conocía: la danza con blancas guirnaldas de nieve en el invierno y la danza de las flores a través de los vergeles en primavera. Sabía dónde hacían el nido las palomas torcaces, y en una ocasión en que un cazador había cogido en una trampa a los padres, él mismo había criado a los pichones y había construido para ellos un pequeño palomar en la hendidura de un olmo desmochado. Eran completamente mansas y solían comer en su mano todas las mañanas. A ella le gustarían, y los conejos que corrían veloces en los largos helechos, y los arrendajos con sus plumas aceradas y su pico negro, y los erizos, que podían hacerse un ovillo convirtiéndose en una bola de púas, y las grandes tortugas sabias que iban arrastrándose lentamente, moviendo la cabeza a derecha y a izquierda y mordisqueando las hojas tiernas. Sí, ciertamente ella debía ir al bosque a jugar con él. Le daría su propia camita, y él vigilaría afuera al pie de la ventana hasta el amanecer, para ver que no le hicieran daño las reses bravas ni se deslizaran los lobos flacos acercándose demasiado a la cabaña. Y al alba daría unos golpecitos en las contraventanas y la despertaría, y saldrían a danzar juntos todo el día.
El bosque, en realidad, no era nada solitario.


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