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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.24

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Así que volaban dando vueltas y más vueltas a su alrededor, rozándole la mejilla con las alas al pasar, y parloteaban unos con otros; y el enanito estaba tan complacido que no podía por menos de mostrarles la hermosa rosa blanca y de decirles que la infanta misma se la había dado porque le amaba.
Ellos no entendían una sola palabra de lo que él decía, pero eso no importaba, pues ladeaban la cabeza y tomaban el aire de sabios, lo que viene a valer tanto como entender una cosa, y es mucho más fácil.
También las lagartijas le tenían cariño, y cuando se cansó de correr y se tumbó en la hierba a descansar, jugaron y retozaron por encima de él, y trataron de divertirle del mejor modo que pudieron.
-Todo el mundo no puede ser tan guapo como una lagartija -exclamaban-, eso sería esperar demasiado. Y, aunque parezca absurdo decirlo, al fin y al cabo no es tan feo, con tal, claro está, de que uno cierre los ojos y no le mire.
Las lagartijas eran extremadamente filosóficas por naturaleza, y a menudo se quedaban sentadas todas juntas pensando durante horas y más horas, cuando no había nada más que hacer, o cuando el tiempo era demasiado lluvioso para salir.
Las flores, sin embargo, estaban excesivamente molestas por su comportamiento, y por el comportamiento de los pájaros.
-Esto muestra únicamente -decían- qué efecto tan vulgar tiene ese incesante moverse y volar precipitadamente. La gente bien educada siempre se queda exactamente en el mismo sitio, como hacemos nosotras. Nadie nos vio nunca saltando arriba y abajo por los paseos, ni galopando alocadamente por el césped persiguiendo a las libélulas. Cuando queremos cambiar de aires avisamos al jardinero y él nos lleva a otro parterre. Esto tiene dignidad, como debiera ser. Pero los pájaros y las lagartijas no tienen sentido de reposo y, en verdad, los pájaros ni siquiera tienen un domicilio permanente. Son meros vagabundos, como los gitanos, y debiera tratárselos exactamente de la misma manera.
Así es que irguieron la cabeza y tomaron aspecto altanero, y estuvieron encantadas cuando, después de un rato, vieron al enanito levantarse de la hierba y dirigirse al palacio atravesando la terraza.
-Ciertamente debieran encerrarle en casa durante el resto de sus días -dijeron-. ¡Mirad su joroba y sus piernas torcidas! -y empezaron a reírse con disimulo.
Pero el enanito no sabía nada de todo esto.


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