Juegos tradicionales, entretenimientos e información

    Home | Juegos Online | Biblioteca | Libros Clásicos | Crucigramas | Ingenio | Enciclopedia | Diccionario | E-Commerce | Chat

  Secciones > Libros Clásicos > Una casa de granadas (Oscar Wilde)

Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.23

Indice General | Volver

Página 23 de 79


Yo mismo se la di a la infanta esta mañana, de regalo de cumpleaños, y él se la ha robado.
Y se puso a gritar lo más alto que pudo:
-¡Ladrón, ladrón, ladrón!
Hasta los geranios rojos, que no solían darse importancia, y se sabía que tenían muchos parientes pobres, se enrollaron en un gesto de repugnancia al verle, y cuando las violetas hicieron mansamente la observación de que aunque ciertamente era en extremo vulgar, sin embargo, no podía remediarlo, replicaron, con toda justicia, que ese era su principal defecto, y que no había razón alguna por la que se debiera admirar a una persona porque fuera incurable; y, en verdad, entre las violetas mismas algunas tenían la sensación de que la fealdad del enanito era casi ostentosa, y que hubiera dado pruebas de mucho mejor gusto si hubiera tenido un aspecto triste, o al menos pensativo, en vez de ir dando saltos alegremente y agitándose con actitudes tan grotescas e insensatas.
En cuanto al viejo reloj de sol, que era un individuo extremadamente notable, y había dicho antaño la hora nada menos que al mismo emperador Carlos V, se quedó tan desconcertado con la aparición del enanito que casi se olvidó de señalar dos minutos enteros con su largo dedo de sombra, y no pudo por menos de decir al gran pavo real, blanco como la leche, que estaba tomando el sol en la balaustrada, que todo el mundo sabía que los hijos de los reyes eran reyes, y que los hijos de los carboneros eran carboneros, y que era absurdo pretender que no fuera así; una afirmación con la que estuvo completamente de acuerdo el pavo real, que gritó: «ciertamente, ciertamente», con una voz tan penetrante y áspera que las carpas que vivían en el cuenco de la fresca fuente chapoteante sacaron la cabeza del agua y preguntaron a los enormes tritones de piedra que diablos ocurría.
Pero en cambio a los pájaros les gustaba. Le habían visto a menudo en el bosque, danzando como un duendecillo tras las hojas que el viento llevaba en remolino, o subido acurrucado en la concavidad de algún viejo roble, compartiendo las bellotas con las ardillas. No les importaba ni pizca que fuera feo. ¡Cómo!, el mismo ruiseñor, que cantaba tan melodiosamente por la noche en los naranjales que a veces la luna se inclinaba para escuchar, no era gran cosa a la vista, al fin y al cabo; y además, él había sido bueno con ellos, y durante aquel invierno terriblemente crudo, en que no había bayas en los arbustos y el suelo estaba tan duro como el hierro y los lobos habían bajado hasta las mismas puertas de la ciudad en busca de alimento, él no les había olvidado ni una sola vez, sino que por el contrario les había dado siempre migajas de su pequeño rebojo de pan negro, y había repartido con ellos el pobre desayuno que tuviera.


< Anterior  |  Siguiente >

<<< 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 >>>

Páginas  1-50   51-79  
Menú
Home
Biblioteca
Juegos Online
Juegos Flash
Crucigramas
Libros Clásicos
Sopas de Letras
Ingenio
Shop
Chat

En esta sección

Juegos, Cursos y
Enciclopedias gratis

Cursos Gratis
Biografías


Diccionario : A - B - C - D - E - F - G - H - I - J - K - L - M - N - Ñ - O - P - Q - R - S - T - U - V - W - X - Y - Z


Home | Biblioteca | Juegos | Crucigramas
  Acanomas.com : El mundo de los Juegos Acerca de Acanomas.com  

Contáctenos | Cómo publicitar | Términos y condiciones
Copyright ©1999-2008 Acanomas Networks. Todos los derechos reservados