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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.22

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El lo tomó completamente en serio, y apretando la flor contra sus ásperos labios toscos se llevó la mano al corazón e hincó una rodilla en tierra, sonriendo en una mueca de oreja a oreja y chispeándole de placer los ojillos brillantes.
Esto hizo perder de tal modo la gravedad a la infanta, que siguió riéndose mucho tiempo después de que el enanito hubiera salido corriendo del redondel, y expresó a su tío el deseo de que se repitiera inmediatamente el baile. La camarera, no obstante, bajo pretexto de que el sol era demasiado fuerte, decidió que sería mejor que su alteza volviera sin demora al palacio, donde ya se le había preparado un maravilloso festín, que incluía una tarta de cumpleaños con sus iniciales grabadas por encima con almíbar de color y un hermoso banderín de plata ondeando en lo alto. La infanta se puso pues en pie con mucha dignidad y, habiendo ordenado que el enanito volviera a bailar para ella después de la hora de la siesta, y después de haber dado las gracias al joven conde de Tierra-Nueva por su encantadora recepción, volvió a sus aposentos, siguiéndola los niños en el mismo orden en el que habían entrado.
Ahora bien, cuando el enanito oyó que tenía que bailar por segunda vez en presencia de la infanta y por orden expresa suya, se puso tan orgulloso que salió corriendo al jardín, besando la rosa blanca en un absurdo arrebato de placer y haciendo los gestos de complacencia más toscos y desmañados.
Las flores estaban completamente indignadas de su atrevimiento a meterse en su hermoso hogar, y cuando le vieron hacer cabriolas arriba y abajo de los paseos y mover los brazos por encima de la cabeza de un modo tan ridículo, no pudieron contener por más tiempo sus sentimientos.
-Realmente es demasiado feo para que se le permita jugar en el mismo sitio en que estamos nosotros -exclamaron los tulipanes.
-Debiera beber jugo de adormideras y quedarse dormido durante mil años -dijeron los grandes lirios escarlata, y se pusieron acalorados y furiosos.
-¡Es un perfecto horror! -chilló el cactus-. ¡Mirad, es torcido y achaparrado, y tiene la cabeza completamente desproporcionada con las piernas! Realmente hace que se me pongan todos los pinchos de punta por el malhumor, y si se acerca a mí le pincharé con mis púas.
-Y de hecho ha cogido una de mis mejores flores -exclamó el rosal blanco-.


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