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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.19

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6. En francés en el original: coup de grâce.
Despejaron entonces el ruedo en medio de grandes aplausos, y los caballos de juguete muertos fueron retirados, arrastrados solemnemente por dos pajes moros con librea amarilla y negra, y después de un breve intermedio, durante el cual un acróbata francés hizo ejercicios en la cuerda floja, aparecieron unas marionetas italianas representando la tragedia semiclásica de Sofonisba en el escenario de un teatrillo que había sido construido con ese propósito. Actuaron tan bien, y sus gestos eran tan extremadamente naturales, que al final de la obra los ojos de la infanta estaban completamente empañados por las lágrimas. Realmente algunos de los niños lloraron de veras, y hubo que consolarles con dulces, y el mismo Gran Inquisidor estuvo tan afectado que no pudo por menos de decir a don Pedro que le parecía intolerable que cosas hechas simplemente de madera y dé cera de colores, y movidas mecánicamente con alambres, fueran tan desgraciadas y tuvieran infortunios tan terribles.
Siguió un malabarista africano que llevaba una gran cesta plana cubierta con un paño rojo, y habiéndola colocado en el centro del redondel sacó del turbante una curiosa flauta de caña y se puso a tocarla. A los pocos instantes empezó a moverse el paño, y a medida que el sonido de la flauta se hacía más y más agudo, dos serpientes verde y oro sacaron sus extrañas cabezas de forma de cuña y se alzaron lentamente, balanceándose al ritmo de la música como se balancea una planta en el agua. Los niños, sin embargo, estaban bastante asustados de sus capuchas moteadas y sus lenguas de movimientos veloces como saetas, y estuvieron mucho más contentos cuando el malabarista hizo que brotara de la arena un naranjo diminuto y diera bonitas flores blancas y racimos de fruta de verdad; y cuando cogió el abanico de la hijita del marqués de Las Torres y lo convirtió en un pájaro azul que voló dando vueltas por el pabellón cantando, su delicia y su asombro no conocieron límites. También fue encantador el solemne minué bailado por los niños danzantes de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar. La infanta no había visto nunca en su vida esta admirable ceremonia, que tiene lugar todos los años en mayo ante el altar mayor de la Virgen y en su honor; y en verdad ninguno de los miembros de la familia real española había vuelto a entrar en la gran basílica de Zaragoza desde que un sacerdote demente, que algunos suponían que había sido pagado por Isabel de Inglaterra, había intentado dar de comulgar con una forma envenenada al príncipe de Asturias.


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