Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.17
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Incluso después de que expiraron los tres años de luto oficial que había ordenado por edicto real a lo ancho y a lo largo de todos sus dominios, no permitió nunca que sus ministros hablaran de una nueva alianza; y cuando el emperador mismo le envió a su sobrina, la hermosa archiduquesa de Bohemia, y le ofreció su mano en matrimonio, rogó a los embajadores que dijeran a su señor que el rey de España estaba ya desposado con la aflicción, y que aunque era esta una esposa estéril, la amaba más que a la hermosura; una respuesta que costó a su corona las ricas provincias de los Países Bajos, que pocos después, a instigación del emperador, se alzaron contra él bajo el liderazgo de algunos fanáticos de la Iglesia reformada.
Toda su vida matrimonial, con sus intensas alegrías apasionadas y la terrible agonía de su final repentino, parecía volver a él en este día, mientras contemplaba a la infanta, que jugaba en la terraza. Tenía toda la bonita petulancia de modales de la reina, el mismo modo voluntarioso de mover la cabeza, la misma bella boca de altivas curvas, la misma sonrisa maravillosa -vrai sourire de France3, en verdad-, al alzar la mirada de vez en cuando a la ventana, o cuando tendía su pequeña mano para que se la besaran los majestuosos hidalgos españoles.
Pero la risa aguda de los niños hería los oídos del rey y el despiadado sol deslumbrador se mofaba de su dolor, y una fragancia densa de especias extrañas, especias tales como las que usan los embalsamadores, parecía viciar -¿o era su imaginación?- el aire limpio de la mañana. Ocultó su rostro entre las manos, y cuando la infanta levantó de nuevo la mirada se habían dejado caer los cortinajes, y el rey se había retirado.
Ella hizo un pequeño mohín4 de desencanto, y alzó los hombros. Bien podía haberse quedado con ella el día de su cumpleaños. ¡,Qué importaban los estúpidos asuntos de Estado? ¿O había ido a aquella lóbrega capilla en la que ardían siempre cirios y donde nunca se le permitía a ella entrar? ¡Qué tonto era!, ¡cuando brillaba él sol tan resplandeciente, y todo el mundo era tan dichoso! Además, se perdería el simulacro de corrida de toros para la que ya estaba sonando la trompeta, por no decir nada de las marionetas y de las otras cosas maravillosas. Su tío y el Gran Inquisidor eran mucho más sensatos; habían salido a la terraza y le hacían bonitos cumplidos.
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