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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.16

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Y, a veces, rompiendo el protocolo que gobierna en España todos los actos particulares de la vida y pone límites incluso al sufrimiento de un rey, estrechaba las lívidas manos enjoyadas con una agonía irreprimida de dolor, e intentaba despertar a fuerza de besos enloquecidos el frío rostro maquillado.
Ese día le parecía que volvía a verla, como la había visto por vez primera en el Castillo de Fontainebleau, cuando sólo contaba él quince años y ella era aún más joven. Habían sido formalmente desposados por el nuncio papal en presencia del rey de Francia y de toda la corte, y él había regresado a El Escorial, llevando consigo un pequeño bucle de cabellos dorados y el recuerdo de dos labios infantiles inclinados para besarle la mano cuando montaba él en su carroza. Después había seguido la boda, celebrada apresuradamente en Burgos, una pequeña ciudad situada en la frontera entre los dos países2, y la gran entrada pública en Madrid con la celebración acostumbrada de una Misa Mayor en la iglesia de Atocha, y un auto de fe más solemne que lo acostumbrado, en el que se había entregado al brazo secular casi trescientos herejes, entre los que se contaba un buen número de ingleses, para que los quemara en la hoguera.
2. No hemos considerado oportuno corregir este error geográfico, ni tampoco otras inexactitudes en la recreación poética que hace Oscar Wilde de la España de los Austrias.

Verdaderamente la había amado con locura, para ruina -pensaban muchos- de su país, que estaba entonces en guerra con Inglaterra por el dominio del Nuevo Mundo. Apenas le habían permitido que se apartara un momento de su vista; por ella había olvidado, o parecía haber olvidado, todos los graves asuntos de Estado; y, con la terrible ceguera que la pasión acarrea a sus esclavos, no se había dado cuenta de que las complicadas ceremonias con las que procuraba complacerla no hacían sino agravar el extraño mal que la aquejaba. Cuando ella murió, él estuvo por un tiempo como si hubiera perdido la razón. En verdad, no cabe duda alguna de que hubiera abdicado solemnemente y se hubiera retirado al monasterio trapense de Granada, del que era ya prior titular, si no hubiera temido dejar a la pequeña infanta a merced de su hermano, cuya crueldad era notoria incluso en un país como España, y que muchos sospechaban que había causado la muerte de la reina, por medio de un par de guantes emponzoñados que le había ofrecido como regalo cuando visitó su castillo de Aragón.


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