Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.15
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Pero la infanta era la más grácil de todos y la que iba ataviada con más gusto, según la moda algo recargada de aquella época. Su vestido era de raso gris, con la falda y las anchas mangas abullonadas bordadas en plata, y el rígido corselete guarnecido de hileras de perlas finas. Dos chapines diminutos con grandes escarapelas color de rosa le asomaban debajo del vestido al andar. Rosa y perla era su gran abanico de gasa, y en los cabellos, que como una aureola de oro desvaído brotaban espesos en torno a su carita pálida, llevaba una hermosa rosa blanca.
Desde una ventana del palacio el triste rey melancólico les contemplaba. En pie, detrás de él, estaba su hermano, don Pedro de Aragón, a quien el rey odiaba, y sentado a su lado estaba su confesor, el Gran Inquisidor de Granada. Más triste aún que de costumbre estaba el rey, pues cuando miraba a la infanta haciendo reverencias con gravedad infantil a los cortesanos allí reunidos, o riéndose detrás de su abanico de la severa duquesa de Alburquerque, que la acompañaba siempre, le venía al pensamiento la joven reina, su madre, que hacía tan sólo poco tiempo -así le parecía a él- había llegado de la alegre Francia, y se había marchitado en el sombrío esplendor
de la corte española, muriendo seis meses justos después del nacimiento de su hija, y antes de haber visto florecer dos veces los almendros del vergel o de haber recogido el segundo año el fruto de la vieja higuera retorcida que crecía en el centro del patio, cubierto ahora de maleza. Tan grande había sido su amor por ella, que no había soportado que ni siquiera la tumba se la ocultara. Había sido embalsamada por un médico moro, a pesar de que le había condenado ya, se decía, el Santo Oficio por herejia y por la sospecha de que practicaba la magia. Y el cuerpo de la reina todavía yacía en su catafalco montado sobre tapices, en la capilla de mármol negro de palacio, exactamente igual que como lo habían dejado allí los monjes aquel día ventoso de marzo, hacía casi doce años. Una vez al mes entraba el rey, embozado en un manto oscuro y con una linterna sorda en la mano, y se arrodillaba junto a ella, llamándola a gritos:
-¡Mi reina! ¡Mi reina!1.
1. En español en el original. Las siguientes expresiones en español van también en letra cursiva, con las correcciones necesarias en el caso de error del autor.
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