Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.14
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-Uno más grande que yo os ha coronado -exclamó.
Y se arrodilló ante él.
Y el joven rey bajó del altar mayor y regresó a palacio pasando entre su pueblo. Pero nadie se atrevió a mirar su rostro, pues era como el rostro de un ángel.
EL CUMPLEAÑOS DE LA INFANTA
Era el cumpleaños de la infanta. Cumplía doce años, ni más ni menos, y lucía el sol resplandeciente en los jardines de palacio.
Aunque era princesa real e infanta de España, sólo tenía un cumpleaños al año, exactamente igual que los hijos de la gente más pobre, así que era, naturalmente, un asunto de gran importancia para todo el reino que tuviera ella un día muy hermoso en tal ocasión. Y ciertamente hacía un día hermoso. Los esbeltos tulipanes rayados se erguían en sus tallos, como largas filas de soldados, y miraban desafiantes a través del césped a las rosas, y les decían:
-Somos ahora igual de espléndidos que vosotras. Las mariposas púrpura revoloteaban alrededor, con polvo de oro en las alas, haciendo una visita a cada flor una tras otra; las lagartijas salían arrastrándose de las hendiduras del muro y se tumbaban a tomar el sol a plena luz blanca deslumbradora; y las granadas se abrían y estallaban por el calor, y mostraban sus rojos corazones sangrantes. Hasta los limones amarillo pálido, que colgaban con tal profusión de las espalderas casi desmoradas y a lo largo de las arcadas sombrías, parecía que habían tomado un color más intenso de la maravillosa luz del sol, y los magnolios abrían sus grandes flores semejantes a globoso de marfil macizo, y llenaban el aire de una densa fragancia dulzona.
La princesita paseaba arriba y abajo por la terraza con sus compañeros, y jugaba al escondite alrededor de los jarrones de piedra y de las viejas estatuas cubiertas de musgo. En días ordinarios sólo le estaba permitido jugar con niños de su propio rango, así que siempre tenía que jugar sola, pero su cumpleaños era una excepción, y el rey había dado órdenes para que pudiera invitar a cualquiera de sus amiguitos que tuviera a bien que fueran a divertirse con ella. Había una gracia majestuosa en los suaves movimientos de aquellos esbeltos niños españoles; los muchachos, con sus sombreros de gran airón y sus capas cortas revoloteantes; las niñas, recogiéndose la cola de sus largos vestidos de brocado y protegiéndose los ojos del sol con enormes abanicos negro y plata.
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