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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.11

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-Majestad, veo vuestra túnica y vuestro cetro, pero ¿dónde está vuestra corona?
Y el joven rey arrancó una rama de espino silvestre que trepaba por el balcón y la curvó e hizo un círculo con ella, y se la puso sobre las sienes.
-Esta será mi corona -respondió.
Y así ataviado salió de su aposento y entró en el gran salón, donde los nobles estaban esperándole.
Y los nobles se echaron a reír, y algunos le gritaron: -Majestad, la gente espera a su rey y vos vais a mostrarles a un mendigo.
Y otros se encolerizaron y dijeron:
-Trae la vergüenza a nuestro Estado y es indigno de ser nuestro señor.
Pero él no les respondió una palabra y siguió su camino; y descendió la escalinata de brillante pórfido y atravesó las puertas de bronce, y montó en su caballo y cabalgó hacia la catedral, y el pajecillo iba corriendo junto a él.
Y la gente se reía y decía:
-El que va a caballo es el bufón del rey. Y hacían mofa de él.
Y él detenía al caballo, sujetándolo por la brida, y decía:
-No. Yo soy el rey.
Y les contaba sus tres sueños.
Y salió un hombre de entre la multitud y le habló amargamente:
-Majestad, ¿no sabéis que del lujo de los ricos viene la vida de los pobres? Por vuestra pompa nos nutrimos y vuestros vicios nos dan el pan. Trabajar penosamente para un amo duro es amargo, pero no tener un amo para quien trabajar es más amargo todavía. ¿Pensáis que nos van a alimentar los cuervos? ¿Y qué remedio tenéis para estas cosas? ¿Diréis al comprador: «Comprarás a tanto», y al vendedor: «Venderás a este precio»? No lo creo. Por tanto, volved a vuestro palacio y poneos vuestra púrpura y vuestro lino fino. ¿Qué tenéis que ver vos con nosotros y con nuestros sufrimientos?
-¿No somos hermanos los pobres y los ricos? -preguntó el rey joven.
-Sí -respondió el hombre-, y el hermano rico se llama Caín.
Y al joven rey se le llenaron los ojos de lágrimas, y siguió cabalgando entre los murmullos de la gente. Y al pajecillo le entró miedo y le abandonó.
Y cuando llegó al gran pórtico de la catedral, los soldados le cerraron el paso con sus alabardas y le dijeron:
-¿Qué buscas aquí? Nadie entra por esta puerta más que el rey.
Y su rostro se encendió de ira, y les dijo:


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