Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.10
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-Retirad estas cosas, pues no quiero ponérmelas.
Y los cortesanos estaban asombrados, y algunos de ellos se reían, pues pensaban que estaba bromeando. Pero les habló gravemente de nuevo y dijo:
-Retirad estas cosas y ocultadlas de mi vista. Aunque sea el día de mi coronación no quiero ponérmelas. Pues, en el telar del pesar, las blancas manos del dolor han tejido esta túnica mía. Hay sangre en el corazón del rubí y muerte en el corazón de la perla.
Y les contó sus tres sueños.
Y cuando los cortesanos los oyeron se miraron y murmuraron, diciendo:
-Con toda seguridad está loco, pues ¿qué es un sueño más que un sueño y una visión más que una visión? No son cosas reales a las que se deba prestar atención. ¿Y qué tenemos nosotros que ver con la vida de los que se afanan trabajando para nosotros? ¿Es que un hombre no ha de comer pan hasta que no haya visto al sembrador y no ha de beber vino hasta que no haya hablado con el viñador?
Y el chambelán habló al joven rey y dijo:
-Majestad, os ruego que alejéis esos negros pensamientos vuestros, y que vistáis esta hermosa túnica y os pongáis esta corona sobre vuestras sienes. Pues ¿cómo va a saber la gente que sois rey si no lleváis el atavío de rey?
Y el joven rey le miró.
-¿Es así, en verdad? -preguntó-. ¿No me reconocerán como rey si no llevo el atavío de rey?
-No os reconocerán, Majestad -exclamó el chambelán.
-Yo creía que había hombres que tenían porte de reyes -respondió-, pero puede que sea como decís. A pesar de todo, no vestiré esta túnica ni me coronarán con esta corona, sino que lo mismo que llegué a este palacio así saldré de él.
Y rogó a todos que se retiraran, a excepción de un paje a quien retuvo como compañero, un muchacho un año más joven que él. Le retuvo para su servicio. Y, después de haberse bañado sin ayuda de nadie en agua clara, abrió un gran cofre decorado en colores y sacó de él la túnica de cuero y la burda capa de piel de oveja que llevaba cuando cuidaba en la colina las cabras peludas del cabrero. Estas prendas se puso, y en la mano tomó su rudo cayado de pastor.
Y el pajecillo abrió asombrado sus grandes ojos azules, y dijo sonriendo:
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