Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.9
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Pasó entre la multitud y la tocó, y moría cada hombre a quien tocaba. La hierba se secaba bajo sus pies según caminaba.
Y la Avaricia se estremeció, y puso ceniza sobre su cabeza.
-Eres cruel -gritaba-, eres cruel. Hay hambre en las ciudades amuralladas de la India, y se han agotado las cisternas de Samarcanda. Hay hambre en las ciudades amuralladas de Egipto, y las langostas han salido del desierto. El Nilo no ha inundado sus orillas, y los sacerdotes han maldecido a Isis y a Osiris. Vete adonde te necesitan y déjame a mis siervos.
-No -respondió la Muerte-; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré.
-No te daré nada -dijo la Avaricia.
Y la Muerte se rió de nuevo, y silbó llevándose los dedos a los labios y llegó una mujer volando por los aires. Llevaba en la frente escrito: «plaga», y una gran bandada de flacos buitres volaba en círculo en torno suyo. Ella cubrió el valle con sus alas y no quedó vivo ningún hombre. Y la Avaricia huyó gritando a través del bosque, y la Muerte saltó a su caballo rojo y se fue galopando, y su galopar era más raudo que el viento.
Y del légamo del fondo del valle salían arrastrándose dragones y cosas horribles con escamas, y llegaron los chacales corriendo a lo largo de la arena olfateando el aire con las fauces.
Y el joven rey lloró, y dijo:
-¿Quiénes eran esos hombres y qué estaban buscando?
-Rubíes para la corona de un rey -respondió alguien que estaba detrás de él.
Y el joven rey se sobresaltó, y volviéndose vio a un hombre vestido de peregrino que llevaba en la mano un espejo de plata. Y palideció y dijo:
-¿Para qué rey?
Y el peregrino respondió: -Mirad en este espejo y le veréis.
Y miró en el espejo, y al ver su propio rostro lanzó un fuerte grito y despertó. Y la brillante luz del sol inundaba la estancia, y en los árboles del jardín cantaban los pájaros gozosamente.
Y entraron el chambelán y los altos dignatarios del Estado a rendirle pleitesía, y los pajes le llevaron la túnica de tisú de oro y pusieron ante él la corona y el cetro.
Y el joven rey los miró, y eran hermosos. Más hermosos eran que todo lo que había visto en su vida. Pero recordó sus sueños y dijo a sus nobles:
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