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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.8

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Las víboras le silbaban cuando pasaba, y loros abigarrados volaban gritando de rama en rama. Enormes tortugas yacían dormidas en el lodo cálido. Los árboles estaban llenos de monos y de pavos reales.
Él seguía y seguía, hasta que llegó al lindero del bosque, y allí vio a una inmensa multitud de hombres que se afanaban fatigosamente en el lecho seco de un río y se apiñaban arriba en los riscos como hormigas. Cavaban hondos pozos en el suelo y bajaban a ellos. Algunos hendían las rocas con grandes hachas; otros buscaban a gatas en la arena. Arrancaban los cactus de raíz y pisoteaban las flores escarlata. Se apresuraban, llamándose, y ningún hombre estaba ocioso.
Desde la oscuridad de una caverna, la Muerte y la Avaricia les vigilaban, y la Muerte decía:
-Estoy cansada; dame un tercio de ellos y deja que me vaya.
Pero la Avaricia meneaba la cabeza:
-Son siervos míos -replicaba.
Y la Muerte le dijo:
-¡,Qué tienes en la mano?
-Tres granos de trigo -respondió-. ¿Qué más te da a ti?
-Dame uno de ellos -exclamó la Muerte- para plantarlo en mi jardín; sólo uno de ellos, y me iré.
-No te dará nada -dijo la Avaricia.
Y escondió la mano en los pliegues de su túnica.
Y la Muerte se rió, y tomó una copa y la sumergió en un charco de agua, y de la copa salió la fiebre malaria. Pasó entre la gran multitud, y la tercera parte cayó muerta. La seguía una fría neblina, y las culebras de agua corrían a su lado.
Y cuando vio la Avaricia que un tercio de la multitud había muerto se golpeó el pecho y lloró. Golpeó su pecho estéril y gritó con voz sonora:
-Has matado a un tercio de mis siervos -gritó-, ¡vete! Hay guerra en las montañas de Tartaria y te invocan los reyes de los dos bandos. Los afganos han matado al buey negro y marchan al combate. Han batido los escudos con las lanzas y se han puesto los yelmos de hierro. ¡,Qué significa para ti mi valle para que te detengas en él? ¡Vete y no vuelvas más!
-No -respondió la Muerte-; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré.
Pero la Avaricia cerró la mano y apretó los dientes.
-No te daré nada -susurró.
Y la Muerte se rió. Cogió una piedra negra y la arrojó al bosque, y de una mata de cicuta salió la fiebre, con túnica de llamas.


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