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Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.6

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La miseria nos despierta por la mañana y la vergüenza se sienta a hacernos compañía por la noche. Pero ¿qué pueden importaros estas cosas? No sois uno de los nuestros. Tenéis una cara demasiado feliz.
Y se volvió de espaldas ceñudo y lanzó la lanzadera a través de la urdimbre, y el joven rey vio que estaba enhebrada con hilo de oro.
Y un gran terror se apoderó de él, y dijo al tejedor: -¿Qué vestido es este que estás tejiendo?
-Es la túnica para la coronación del joven rey -respondió-; ¿qué os importa?
Y el joven rey lanzó un fuerte grito, y despertó, y he aquí que estaba en su propia cámara, y a través de la ventana veía la gran luna color de miel suspendida en el aire oscuro de la noche.

Y se durmió de nuevo y soñó, y he aquí lo que soñó: Soñó que estaba tendido en cubierta de una enorme galera en la que remaban cien esclavos. En una alfombra, a su lado, estaba sentado el patrón de la galera. Era negro como el ébano y su turbante era de seda carmesí. Grandes pendientes de plata pendían de los gruesos lóbulos de sus orejas, y en las manos tenía una balanza de marfil.
Los esclavos estaban desnudos, salvo el calzón harapiento, y cada hombre estaba encadenado a su vecino. El sol ardiente caía deslumbrador sobre ellos, y los negros corrían arriba y abajo entre las hileras de los bancos y los azotaban con látigos de cuero. Ellos extendían sus brazos flacos y golpeaban los pesados remos a través del agua. Volaba de las palas la lluvia de sal.
Por fin llegaron a una pequeña ensenada y empezaron a sondearla. Un viento ligero soplaba de la costa y cubría la cubierta y la gran vela latina triangular de un fino polvo rojo. Salieron tres árabes montados en asnos montaraces y les arrojaron lanzas. El patrón de la galera tomó en sus manos un arco pintado y le disparó a uno de ellos en la garganta. Cayó pesadamente en el rompiente de las olas, y sus compañeros se fueron al galope. Una mujer envuelta en un velo amarillo les seguía lentamente a camello, echando una mirada atrás de vez en cuando al cadáver.
En cuanto echaron el ancla y arriaron la vela, los negros bajaron a la bodega y sacaron una larga escala de cuerda, con pesado lastre de plomo.


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