Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.5
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Cuando las lanzaderas se lanzaban a través de la urdimbre, ellos levantaban las pesadas barras de madera, y cuando las lanzaderas se detenían, dejaban caer las barras y apretaban los hilos. Tenían la cara descolorida por el hambre y les temblaban poco firmes las manos delgadas. Unas mujeres ojerosas cosían sentadas alrededor de una mesa. Inundaba el lugar un olor horrible; el aire era viciado y pesado, y las paredes goteaban y chorreaban de humedad.
El joven rey se aproximó a uno de los tejedores y se quedó junto a él y le observó.
Y el tejedor le miró airadamente y le dijo:
-¿Por qué os quedáis mirándome? ¿Sois un espía que ha puesto nuestro amo contra nosotros?
-¿Quién es tu amo? -preguntó el joven rey.
-¡Mi amo! -exclamó el tejedor con amargura-. Es un hombre como yo. Ciertamente no hay más que esta diferencia entre nosotros: que él lleva ropa fina mientras que yo voy vestido de harapos, y que mientras yo estoy debilitado por el hambre, él padece no poco por comer demasiado.
-La tierra es libre -dijo el joven rey-, y no eres esclavo de ningún hombre.
-En la guerra -replicó el tejedor-, los fuertes hacen esclavos a los débiles, y en la paz, los ricos esclavizan a los pobres. Nosotros tenemos que trabajar para vivir y ellos nos dan pagas tan miserables que nos morimos. Nosotros trabajamos agotadoramente para ellos a lo largo de todo el día y ellos amontonan oro en sus cofres, y nuestros hijos se ajan antes de tiempo, y las caras de los que amamos se vuelven duras y malvadas. Nosotros pisamos las uvas y otro se bebe el vino. Nosotros sembramos el trigo y nuestra mesa está vacía. Tenemos cadenas, aunque ninguna mirada las contemple; y somos esclavos, aunque los hombres nos llamen libres.
-¿Les ocurre eso a todos? -preguntó.
-Eso les ocurre a todos -respondió el tejedor-, a los jóvenes lo mismo que a los viejos, a las mujeres lo mismo que a los hombres, a los niños pequeños lo mismo que a los que están cargados de años. Los mercaderes nos oprimen, y tenemos por necesidad que hacer lo que nos ordenan. El sacerdote pasa a caballo rezando el rosario, y ningún hombre se preocupa por nosotros. Por nuestras callejas sin sol se arrastra la pobreza con sus ojos hambrientos, y el pecado, con su cara embrutecida por el alcohol, la sigue, pisándole los talones.
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