Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.2
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Tal era, al menos, la historia que se cuchicheaban los hombres unos a otros.
Lo cierto era que el viejo rey en su lecho de muerte, bien movido por el remordimiento de su gran pecado, o bien meramente deseando que el reino no pasara de su linaje, había ordenado que fueran a buscar al muchacho, y en presencia del Consejo le había reconocido como su heredero.
Y parece que desde el primer momento de ser reconocido había mostrado signos de esa extraña pasión por la belleza que estaba destinada a tener una influencia tan grande sobre su vida. Los que le acompañaron a las estancias instaladas para su servicio hablaban a menudo del grito de placer que brotó de sus labios cuando vio la ropa delicada y las ricas joyas que le habían sido preparadas, y de la alegría casi feroz con que arrojó a un lado su áspera túnica de cuero y su tosca capa de piel de oveja. A veces echaba en falta, es verdad, la hermosa libertad de su vida en los bosques, y siempre estaba predispuesto a irritarse en las aburridas ceremonias de la corte que ocupaban tanto tiempo cada día, pero el palacio maravilloso -Joyeuse era llamado- del que ahora se encontraba dueño y señor le parecía que era un mundo nuevo recién creado para su deleite, y en cuanto podía escaparse de la mesa del Consejo o de la sala de audiencias descendía corriendo la gran escalinata, con sus leones de bronce sobredorado y sus gradas de brillante pórfido, y vagaba dando vueltas de sala en sala y de corredor en corredor, como si tratara de buscar en la belleza un calmante al dolor, una especie de cura de la enfermedad.
En estos viajes de descubrimiento, como solía llamarlos y, en verdad, eran para él verdaderos viajes a través de un país de maravillas-, a veces le acompañaban los esbeltos pajes de la corte, de rubios cabellos, con sus capas flotantes y sus alegres cintas revoloteantes; pero más a menudo prefería estar solo, sintiendo con un fino instinto certero, que era casi una adivinación, que los secretos del arte se aprenden mejor en secreto, y que la belleza, lo mismo que la sabiduría, ama al que le rinde culto en solitario.
Muchas historias curiosas corrían sobre él en ese tiempo. Se decía que un grueso burgomaestre que había ido a pronunciar una florida pieza de oratoria en nombre de los ciudadanos le había visto arrodillado en verdadera adoración ante un gran cuadro que acababan de llevar de Venecia, y que parecía ser el heraldo del culto a nuevos dioses.
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