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Una casa de granadas (Oscar Wilde)

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Oscar Wilde
UNA CASA DE GRANADAS

EL JOVEN REY

Era la noche que precedía al día fijado para la coronación, y el joven rey estaba solo en su hermoso aposento. Sus cortesanos se habían despedido todos de él, inclinando la cabeza hasta el suelo, conforme a la costumbre ceremoniosa de la época, y se habían retirado al gran salón de palacio para recibir unas últimas lecciones del maestro de ceremonias, habiendo entre ellos algunos que todavía tenían modales completamente naturales, lo que en un cortesano, apenas necesito decirlo, es una ofensa muy grave.
El muchacho -pues era sólo un muchacho, teniendo no más de dicieséis años- no sintió que se marcharan, y se había arrojado con un hondo suspiro de alivio sobre los mullidos almohadones de su diván bordado, y yacía allí reclinado, con los ojos agrestes y la boca abierta, como un oscuro fauno de los bosques, o algún joven animal de la selva recién atrapado por los cazadores.
Y, en verdad, eran los cazadores los que le habían encontrado, descubriéndole casi por casualidad cuando descalzo y arremangado y con su caramillo en la mano seguía al rebaño del pobre cabrero que le había criado y de quien siempre se había imaginado que era hijo.
Hijo era de la única hija del anciano rey, fruto de un matrimonio secreto con alguien muy por debajo de su rango -un forastero, decían algunos, que con la magia maravillosa de los sones de su laúd había conseguido que la princesa le amara; mientras que otros hablaban de un artista de Rímini, a quien la princesa había otorgado mucho honor, quizá demasiado, y que había desaparecido repentinamente de la ciudad, dejando inacabada su obra en la catedral-. Una semana tan sólo después de su nacimiento le habían robado del lado de su madre, mientras ella dormía, y le habían entregado a los cuidados de un vulgar campesino y de su mujer, que no tenían hijos propios y que vivían en una parte remota del bosque, a más de un día a caballo desde la ciudad.
El dolor, o la peste, como dictaminó el médico de la corte, o, como sugirieron algunos, un veneno italiano de acción rápida suministrado en una copa de vino con especias mató una hora después de despertar a la blanca joven que le había dado a luz. Y mientras un fiel mensajero llevaba al niño atravesado en su arzón y llamaba a la ruda puerta de la cabaña del cabrero, el cuerpo de la princesa descendía a una tumba abierta que había sido cavada en un cementerio solitario, más allá de las puertas de la ciudad; una tumba en la que, se decía, yacía también otro cuerpo, el de un joven de belleza admirable y de otras tierras, cuyas manos estaban atadas a la espalda con una cuerda con nudos, y cuyo pecho estaba apuñalado con múltiples heridas rojas.


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