Poemas en prosa (Oscar Wilde) - pág.9
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-¿Es cosa valiosa ese conocimiento de Dios? -preguntó el joven.
Y se acercó a la entrada de la caverna.
-Es más valiosa que toda la púrpura y que todas las perlas de este mundo -respondió el ermitaño.
-¿Y tú lo tienes? -dijo el joven ladrón.
Y se acercó más aún.
-Hubo un tiempo, en verdad -respondió el ermitaño-, en que yo poseía el conocimiento perfecto de Dios; pero en mi necedad me separé de él, y lo repartí entre los demás. No obstante, incluso ahora, lo que me queda de ese conocimiento es más valioso que la púrpura o las perlas.
Y cuando oyó esto el joven ladrón, arrojó la púrpura y las perlas que llevaba en las manos, y sacando una cimitarra afilada de acero curvado dijo al ermitaño:
-Dame, ahora mismo, ese conocimiento de Dios que posees, o ten por cierto que te mataré. ¿Cómo no habría de matar a quien tiene un tesoro mayor que mi tesoro?
Y el ermitaño extendió los brazos y dijo:
-¿No sería más ventajoso para mí ir a las moradas recónditas de Dios y alabarle que vivir en el mundo sin tener conocimiento de Él? Mátame si es ese tu deseo, pero no te entregaré mi conocimiento de Dios.
Y el joven ladrón se puso de rodillas y le suplicó, pero el ermitaño no quiso hablarle de Dios, ni darle su tesoro, y el joven ladrón se levantó y dijo al ermitaño:
-Sea como deseas. En cuanto a mí, iré a la ciudad de los Siete Pecados, que está sólo a tres días de camino desde este lugar, y a cambio de mi púrpura me darán placeres, y a cambio de mis perlas me venderán alegría.
Y recogió la púrpura y las perlas y se fue apresuradamente.
Y el ermitaño le llamó a gritos y le siguió y le suplicó. Por espacio de tres días siguió al joven ladrón por el camino y le rogó que volviera, que no entrara en la ciudad de los Siete Pecados.
Y de vez en cuando miraba hacia atrás el joven ladrón al ermitaño y le llamaba, y decía:
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