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La importancia de llamarse Ernesto (Oscar Wilde) - pág.42

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Es casi una epidemia entre ella, según me han dicho. ¿Quiere usted una taza de té, miss Fairfax?
     GUNDELINDA. (Con refinada cortesía.)-Gracias. (Aparte.) ¡Odiosa muchacha! ¡Pero tengo hambre!
     CECILIA. (Con dulzura.)- ¿Azúcar?
     GUNDELINDA. (Con altivez.)-No, gracias. El azúcar no está ya de moda. (Cecilia la mira con indignación, coge las pinzas y echa cuatro terrones de azúcar en la taza.)
     CECILIA. (Secamente.)-¿Tarta o pan con manteca?
     GUNDELINDA. (Con aire displicente.)-Pan con manteca, si hace el favor. La tarta no se ve hoy día casi en las casas buenas.
     CECILIA. (Cortando una gran rebanada de tarta y poniéndola en el plato.)-Pase usted esto a miss Fairfax. (MERRIMAN obedece y sale con el lacayo. GUNDELINDA bebe el té y hace una mueca. Deja enseguida la taza, alarga la mano hacia el pan con manteca, lo mira y se encuentra con que es tarta. Se levanta indignada.)
     GUNDELINDA. -Me ha llenado usted el té de terrones de azúcar, y aunque he pedido con toda claridad pan con manteca, me ha dado usted tarta. Todo el mundo conoce la dulzura de mi carácter y la extraordinaria bondad de mi genio, pero le advierto, miss Cardew, que va usted demasiado lejos.
     CECILIA. (Levantándose.)-Por salvar a mi pobre, inocente y fiel prometido de las maquinaciones de cualquier otra muchacha, iría yo todo lo lejos que fuese necesario.
     GUNDELINDA. -Desde el momento en que la vi, desconfié de usted y sentí que era usted falsa y solapada. No me equivoco nunca en estas cosas. Mi primera impresión ante la gente es invariablemente cierta.
     CECILIA. -Paréceme, miss Fairfax, que estoy abusando de su precioso tiempo. Tendría usted, sin duda, otras muchas visitas del mismo género que hacer en la vecindad.
(Entra JACK.)
     GUNDELINDA. (Al verle.)-¡Ernesto! ¡Mi Ernesto!
     JACK. -¡Gundelinda! ¡Encanto mío! (Va a besarla.)
     GUNDELINDA. (Retrocediendo.)-¡Un momento! ¿Puedo preguntarle si es usted el prometido de esta señorita? (Señalando a Cecilia.)
     JACK. (Riendo.)-¡De mi querida Cecilita! ¡Claro que no lo soy! ¿Quién puede haberla metido a usted semejante idea en su linda cabecita?
     GUNDELINDA. -Gracias. ¡Ahora ya puede usted!... (Ofreciéndole su mejilla.)
     CECILIA. (Con mucha dulzura.)-Ya sabía yo que debía haber alguna mala inteligencia.


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