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La importancia de llamarse Ernesto (Oscar Wilde) - pág.41

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     CECILIA. (Con aire pensativo y melancólico.)-Sea el que fuera el desdichado enredo en que pueda haberse metido mi novio, no se lo reprocharé nunca después de casados.
     GUNDELINDA. -¿Me alude usted a mí, miss Cardew, al hablar de enredo? Es usted muy atrevida. En una ocasión como ésta es más que un deber moral decir lo que se piensa. Se convierte en un placer.
     CECILIA. -¿Quiere usted insinuar, miss Fairfax, que yo he cogido en una trampa a Ernesto para que se declarase? ¿Cómo se atreve usted a eso? No es éste el momento de andarse con fingidos miramientos. Cuando veo un azadón, lo llamo azadón.
     GUNDELINDA. (Con ironía.)-Me encanta poder decir que yo no he visto nunca un azadón. Claro es que nuestras esferas sociales son muy diferentes.
(Entra MERRIMAN, seguido de un lacayo. Trae una bandeja, un mantel y una mesita con el servicio. CECILIA está a punto de replicar. La presencia de los criados ejerce una influencia moderadora, bajo la cual ambas muchachas se revuelven rabiosas.)
     MERRIMAN. -¿Hay que servir el té como de costumbre, miss?
     CECILIA. (En tono severo, pero tranquilo.)-Sí, como de costumbre. (MERRIMAN empieza a desocupar la mesa y a colocar el mantel. Pausa larga. CECILIA y GUNDELINDA se miran furiosas.)
     GUNDELINDA. -¿Hay muchas excursiones interesantes por las cercanías, miss Cardew?
     CECILIA. -¡Oh, sí! Muchísimas. Desde lo alto de una de las colinas cercanas se pueden ver cinco provincias.
     GUNDELINDA. -¡Cinco provincias! No creo que eso me gustase nada; detesto las aglomeraciones.
     CECILIA. (Con dulzura.)-Supongo que por eso vive usted en Londres. (GUNDELINDA se muerde los labios y se golpea nerviosamente el pie con su sombrilla.)
     GUNDELINDA. (Mirando en torno suyo.)-¡Qué jardín tan bien cuidado, miss Cardew!
     CECILIA. -Encantada de que le guste, miss Fairfax.
     GUNDELINDA. -No tenía yo idea de que hubiese flores en el campo.
     CECILIA. -¡Oh! Las flores son aquí tan vulgares como la gente en Londres, miss Fairfax.
     GUNDELINDA. -Por lo que a mí se refiere, no puedo comprender cómo se las arregla nadie para vivir en el campo, si es que hay alguien que haga semejante cosa. El campo me aburre siempre mortalmente.
     CECILIA. -¡Ah! Eso es lo que los periódicos llaman depresión agrícola, ¿verdad? Creo que la aristocracia la padece mucho ahora, precisamente.


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