La importancia de llamarse Ernesto (Oscar Wilde) - pág.40
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Es su hermano..., su hermano mayor.
GUNDELINDA. (Sentándose de nuevo.)-Ernesto no me ha dicho nunca que tuviese un hermano.
CECILIA. -Siento decir que durante mucho tiempo no han estado en buenas relaciones.
GUNDELINDA. -¡Ah! Eso lo explica todo. Y ahora que pienso, no he oído nunca a nadie hablar de su hermano. El tema parecía desagradable por lo visto a la mayoría de la gente. Cecilia, me ha quitado usted un gran peso de encima. Empezaba a sentirme casi inquieta. Hubiera sido terrible que una nube cualquiera empañase una amistad como la nuestra, ¿no le parece? Dígame: ¿está usted segura, completamente segura, de que míster Ernesto Worthing no es su tutor?
CECILIA. -Completamente segura. (Una pausa.) En realidad voy yo a ser su tutora.
GUNDELINDA. (Con tono interrogador.)-¿Me hace usted el favor de repetirlo?
CECILIA. (Con cierta timidez y confidencialmente.)-Mi querida Gundelinda, no hay razón alguna para que le guarde a usted un secreto. Nuestro periodiquito local recogerá seguramente la noticia la semana próxima. Míster Ernesto Worthing y yo somos novios y nos casaremos.
GUNDELINDA. (Levantándose, muy cortésmente.)-Mi querida Cecilia, creo que debe haber en eso algún pequeño error. Míster Ernesto Worthing es mi prometido. La noticia aparecerá en el Morning Post del sábado, lo más tarde.
CECILIA. (Muy cortésmente, levantándose.)-Temo que esté usted ligeramente equivocada. Ernesto se me ha declarado hace diez minutos justos. (Enseña su diario.)
GUNDELINDA. (Examinando atentamente el diario con los impertinentes puestos)-Es realmente curiosísimo, pues me rogó que fuese su esposa ayer tarde, a las cinco y media. Si quiere usted comprobar el hecho, hágalo, se lo ruego. (Sacando su propio diario.) No viajo jamás sin mi diario. Debe una llevar siempre algo sensacional para leer en el tren. Sentiría mucho, querida Cecilia, que esto pudiese causarla alguna decepción, pero creo que mi derecho es preeminente.
CECILIA. -Lamentaría de un modo indecible, mi querida Gundelinda, tener que causarla algún dolor moral o físico, pero me creo en la obligación de hacerla notar que desde que Ernesto se declaró a usted ha cambiado de opinión evidentemente.
GUNDELINDA. (Con aire meditabundo.)-Si ese pobre muchacho se ha dejado coger en la trampa de alguna promesa disparatada, consideraré un deber mío librarle de ella sin tardanza y con mano firme.
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