La importancia de llamarse Ernesto (Oscar Wilde) - pág.39
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CECILIA. -¡Oh! Nada absolutamente, Gundelinda. Me gusta muchísimo que me miren.
GUNDELINDA. (Después de examinar minuciosamente a CECILIA con sus impertinentes.)-¿Supongo que estará usted aquí de visita?
CECILIA. -¡Oh, no! Vivo aquí.
GUNDELINDA. (Con severidad.)-¿De verdad? ¿Sin duda su madre o alguna parienta de edad avanzada reside también aquí?
CECILIA. -¡Oh, no! No tengo madre, ni, en realidad, ningún pariente.
GUNDELINDA. -¿Es posible?
CECILIA. -Mi querido tutor, con ayuda de miss Prism, asume la ardua tarea de velar por mí.
GUNDELINDA. -¿Su tutor?
CECILIA. -Sí, soy la pupila de míster Worthing.
GUNDELINDA. -¡Oh! Es raro que no me haya dicho nunca que tenía una pupila. ¡Qué reservado es! Cada hora que pasa resulta más interesante. Sin embargo, no creo que la noticia me inspire un sentimiento de alegría sin mezcla. (Levantándose y yendo hacia ella.) La estimo a usted mucho, Cecilia; ¡la estimé desde el primer momento en que la vi! Pero me veo en la obligación de decirla que ahora que sé que es usted la pupila de míster Worthing, no puedo dejar de expresar el deseo de que fuese usted... vamos, un poco más vieja de lo que parece... y no tan seductora de aspecto. En resumen, y si puedo hablar con entera franqueza...
CECILIA. -¡Hable usted, se lo ruego! Yo creo que cuando tiene uno algo desagradable que decir, hay que ser siempre franco.
GUNDELINDA. -Bueno, pues hablando con entera franqueza, Cecilia, hubiera yo querido que tuviese usted cuarenta y dos años cumplidos y que fuera más fea de lo que se suele ser a esa edad. Ernesto tiene un carácter enérgico y recto. Es la esencia misma de la verdad y del honor. La deslealtad le sería tan imposible como el engaño. Pero hasta los hombres que tienen el espíritu más noble que pueda existir, son sumamente sensibles a la influencia de los encantos físicos de los demás. La Historia moderna, lo mismo que la antigua, nos proporciona un gran número de lamentables ejemplos del caso a que me refiero. Si no fuera así, realmente, la Historia sería completamente ilegible.
CECILIA. -Usted perdone, Gundelinda. ¿Ha dicho usted Ernesto?
GUNDELINDA. -Sí.
CECILIA. -Pero mi tutor no es míster Ernesto Worthing.
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