La importancia de llamarse Ernesto (Oscar Wilde) - pág.12
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Vamos, si logro entretenerla durante diez minutos, para que tengas ocasión de declararte a Gundelinda, ¿podré cenar contigo esta noche en Willis?
JACK. -Si te empeñas, es de suponer.
ALGERNON. -Sí, pera que sea en serio. Detesto a la gente que no se porta seriamente cuando se trata de comidas. ¡Demuestra tal trivialidad por su parte!
(Entra LANE.)
LANE. -Lady Bracknell y miss Fairfax. (ALGERNON se adelanta al encuentro de ellas.)
(Entran LADY BRACKNELL y GUNDELINDA.)
LADY BRACKNELL. -Buenas tardes, querido Algernon. Siempre bueno, ¿verdad?
ALGERNON. -Me siento muy bien, tía Augusta.
LADY BRACKNELL. -Lo cual no es lo mismo; me refería yo a la otra bondad. En realidad esas dos cosas van pocas veces juntas. (Ve a JACK y le hace un saludo glacial.)
ALGERNON. (A GUNDELINDA.)-¡Dios mío, qué elegante estás!
GUNDELINDA. -¡Yo siempre estoy elegante! ¿No es verdad, míster Worthing?
JACK. -Es usted absolutamente perfecta, miss Fairfax.
GUNDELINDA. -¡Oh! Espero no serlo, No tendría entonces ocasión de mejorar y procuro mejorar en muchas cosas. (GUNDELINDA y JACK se sientan juntos en un rincón.)
LADY BRACKNELL. -Siento haber llegado un poco tarde, Algernon, pero no he tenido más remedio que ir a ver a nuestra querida lady Harbury. No había estado allí desde la muerte de su pobre marido. No he visto nunca una mujer tan cambiada; enteramente parece veinte años más joven. Y ahora voy a tomar una taza de té y uno de esos exquisitos sandwiches de pepino que me prometiste.
ALGERNON. -Muy bien, tía Augusta. (Se dirige hacia la mesa del té.)
LADY BRACKNELL. -¿Quieres venir a sentarte aquí, Gundelinda?
GUNDELINDA. -Gracias, mamá; estoy aquí muy cómoda.
ALGERNON. (Levantando aterrado la bandeja vacía.)-¡Dios mío! ¡Lane!, ¿cómo no hay aquí sandwiches de pepino? Los encargué especialmente.
LANE. (Con gran seriedad.)-No había pepinos en el mercado esta mañana, señor. He ido dos veces.
ALGERNON. -¿Que no había pepinos?
LANE. -No, señor. Ni siquiera pagando al contado.
ALGERNON. -Está bien, Lane; gracias.
LANE. -Gracias, señor. (Vase.)
ALGERNON. -Me desconsuela muchísimo, tía Augusta, que no hubiese allí pepinos, ni siquiera pagando al contado.
LADY BRACKNELL. -No importa, Algernon. He tomado unas pastas con lady Harbury, que me parece vive ahora dedicada en absoluto a darse buena vida.
ALGERNON. -He oído decir que se le había vuelto el pelo completamente rubio de pena.
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