La importancia de llamarse Ernesto (Oscar Wilde) - pág.7
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ALGERNON. -Bien, mi querido amigo; pero no es necesario que comas así como si fueras a engullírtelo todo. Te conduces como si estuvieras casado ya con ella. No lo estás aún, ni creo que lo estés jamás.
JACK. -¿Por qué dices eso?
ALGERNON. -Pues bien: en primer lugar, las muchachas no se casan nunca con los hombres con quienes flirtean. No lo consideran decente.
JACK. -¡Oh, qué tontería!
ALGERNON. -No lo es. Es una gran verdad. Eso explica el número extraordinario de solteros que se ven por todas partes. En segundo lugar, yo no doy mi consentimiento.
JACK. -¡Tu consentimiento!
ALGERNON. -Mi querido amigo, Gundelinda es prima hermana mía. Y antes de permitir que te cases con ella tendrás que aclararme por completo la cuestión de Cecilia. (Toca el timbre.)
JACK. -¡Cecilia! ¿Qué quieres decir? ¿Qué quiere decir eso de Cecilia, Algy? No conozco a nadie que se llame Cecilia. (Entra LANE.)
ALGERNON. -Traiga la pitillera que se dejó míster Worthing en el salón de fumar la última vez que cenó aquí.
LANE. -Bien, señor. (Sale LANE.)
JACK. -¿Eso quiere decir que te has guardado todo ese tiempo mi pitillera? Podías haber tenido la bondad de comunicármelo. He estado escribiendo furiosas cartas a Scotland Yard(7) sobre esto. Estaba a punto de ofrecer una espléndida gratificación.
ALGERNON. -Muy bien; te ruego que la ofrezcas. Casualmente, estoy más a la cuarta pregunta que de costumbre.
JACK. -No hay que ofrecer ya una espléndida gratificación, puesto que se ha encontrado la cosa.
(Entra LANE con la pitillera sobre una bandeja. ALGERNON la coge inmediatamente. Sale LANE.)
ALGERNON. -Me veo precisado a decirte que me parece eso un poco roñoso en ti, Ernesto. (Abre la pitillera y la examina.) Sin embargo, no importa, porque ahora que veo la inscripción de la parte de dentro descubro que el objeto no es tuyo, después de todo.
JACK. -Claro que es mío. (Dirigiéndose hacia él.) Me lo has visto cien veces y no tienes ningún derecho a leer lo que hay escrito dentro. Es una cosa indigna de un caballero leer una pitillera particular.
ALGERNON. -¡Oh! Es absurdo tener una regla rigurosa e invariable sobre lo que debe y no debe leerse.
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