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El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde) - pág.151

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-Creo que está enamorado -exclamó lady Narborough-, y no se atreve a decírmelo por temor a que sienta celos. Y tiene toda la razón, porque los sentiría.
-Mi querida lady Narborough -murmuró Dorian Gray sonriendo-. Llevo sin enamorarme toda una semana; exactamente desde que madame de Ferroll abandonó Londres.
-¡Cómo es posible que los hombres se enamoren de esa mujer! -exclamó la anciana señora-. Es algo que no consigo entender.
-Se debe sencillamente a que madame de Ferroll se acuerda de la época en que usted no era más que una niña, lady Narborough -dijo lord Henry-. Es el único eslabón entre nosotros y los trajes cortos de usted.
-No se acuerda en absoluto de mis trajes cortos, lord Henry. Pero yo la recuerdo perfectamente en Viena hace treinta años, así como los escotes que llevaba por entonces.
-Sigue siendo partidaria de los escotes -respondió lord Henry, cogiendo una aceituna con los dedos-, y cuando lleva un vestido muy elegante parece una édítion de luxe de una mala novela francesa. Es realmente maravillosa y siempre depara sorpresas. Su capacidad para el afecto familiar es extraordinaria. Al morir su tercer esposo, el cabello se le puso completamente dorado de la pena.
-¡Harry, cómo te atreves! -protestó Dorian.
-Es una explicación sumamente romántica -rió la anfitriona-. Pero, ¡su tercer marido, lord Henry! ¿No querrá usted decir que Ferroll es el cuarto?
-Efectivamente, lady Narborough.
-No creo una sola palabra.
-Bien, pregunte al señor Gray. Es uno de sus amigos más íntimos.
-¿Es cierto, señor Gray?
-Eso es lo que ella me ha asegurado, lady Narborough -respondió Dorian-. Le pregunté si, al igual que Margarita de Navarra, había embalsamado los corazones de los difuntos para colgárselos de la cintura. Me dijo que no, porque ninguno de ellos tenía corazón.
-¡Cuatro maridos! A fe mía que eso es trop de zéle. -Trop d´audace, le dije yo -comentó Dorian Gray.
-No es audacia lo que le falta, querido mío. Y, ¿cómo es Ferroll? No lo conozco.
-Los maridos de mujeres muy hermosas pertenecen a la clase delictiva -dijo lord Henry, saboreando el vino. Lady Narborough le golpeó con su abanico.
-Lord Henry, no me sorprende en absoluto que el mundo diga de usted que es extraordinariamente malvado. -Pero, ¿qué mundo dice eso? -preguntó lord Henry, alzando las cejas-. Sólo puede ser el mundo venidero. Este mundo y yo mantenemos excelentes relaciones.
-Todas las personas que conozco dicen que es usted de lo más perverso -exclamó la anciana señora, moviendo la cabeza.


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