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El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde) - pág.50

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Mientras tanto, siempre nos equivocamos sobre nosotros mismos y raras veces entendemos a los demás. La experiencia carece de valor ético. Es sencillamente el nombre que dan los hombres a sus errores. Por regla general los moralistas la consideran una advertencia, reclaman para ella cierta eficacia ética en la formación del carácter, la alaban como algo que nos enseña qué camino hemos de seguir y qué abismos evitar. Pero la experiencia carece de fuerza determinante. Tiene tan poco de causa activa como la misma conciencia. Lo único que realmente demuestra es que nuestro futuro será igual a nuestro pasado, y que el pecado que hemos cometido una vez, y con amargura, lo repetiremos muchas veces, y con alegría.
Consideraba evidente que el método experimental era el único que le llevaría al análisis científico de las pasiones; Dorian Gray, por su parte, era el sujeto soñado, y parecía prometer abundantes y preciosos resultados. Su repentino e insensato amor por Sybil Vane era un fenómeno psicológico de interés nada desdeñable. Sin duda, la curiosidad tenía mucho que ver con ello; la curiosidad y el deseo de nuevas experiencias; no se trataba, sin embargo, de una pasión simple sino muy complicada. Lo que había en ella de instinto adolescente puramente sensual había sido transformado gracias a la actividad de la imaginación, transformado en algo que al muchacho mismo le parecía alejado de los sentidos y que era, por esa misma razón, mucho más peligroso. Las pasiones sobre cuyo origen uno se engaña son las que más tiranizan. Los motivos que mejor se conocen tienen mucha menos fuerza. Cuántas veces sucedía que, al creer que se experimenta sobre otros, experimentamos en realidad sobre nosotros mismos.
Un golpe en la puerta sacó a lord Henry de aquella larga ensoñación. Su ayuda de cámara le recordó que tenía que vestirse para cenar. Se levantó y miró hacia la calle. El ocaso había deshecho en dorados escarlatas las ventanas altas de las casas de enfrente. Los cristales brillaban como láminas de metal al rojo vivo. Arriba, el cielo era como una rosa marchita. Lord Henry pensó en su amigo, en aquella vida coloreada por todos los fuegos de la juventud, y se preguntó cómo terminaría todo.
Cuando regresó a su casa, a eso de las doce y media, vio un telegrama sobre la mesa del vestíbulo. Al abrirlo descubrió que era de Dorian Gray. Le anunciaba que se había prometido con la señorita Sibyl Vane.


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