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El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde) - pág.45

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Página 45 de 190


Le dije que nunca los leía. Pareció terriblemente decepcionado al oírlo, y me confesó que todos los críticos teatrales le eran hostiles y que a todos se los podía comprar.
-No me extrañaría que tuviera razón en eso. Pero, por otra parte, a juzgar por el aspecto que tiene la mayoría, no deben de ser demasiado caros.
-Bien; pero él parece pensar que están por encima de sus posibilidades -rió Dorian-. Para entonces, sin embargo, ya estaban apagando las luces del teatro y tuve que irme. El judío quiso que probara unos cigarros de los que hizo grandes alabanzas. Pero decliné su ofrecimiento. A la noche siguiente, volví, por supuesto. Al verme, me hizo una profunda reverencia y me aseguró que yo era un munificente protector del arte. Es un ser insufrible, pero Shakespeare le apasiona. Ya me ha dicho, visiblemente orgulloso, que sus cinco bancarrotas se debieron enteramente a «el Bardo», como insiste en llamarlo. Parece considerarlo un timbre de gloria.
-Lo es, mi querido Dorian; un verdadero timbre de gloria. La mayoría de la gente se arruina por invertir demasiado en la prosa de la vida. Arruinarse por la poesía es un honor. ¿Cuándo hablaste por vez primera con la señorita Sybil Vane?
-La tercera noche. Había interpretado a Rosalinda. Me fue imposible no ir a verla. Le había lanzado unas flores y ella me miró; al menos, imaginé que lo había hecho. El viejo judío insistió. Estaba decidido a llevarme entre bastidores, de manera que acepté. Es curioso que no deseara conocerla, ¿no te parece?
-No; no me parece curioso.
-¿Por qué, mi querido Harry?
-Te lo diré en alguna otra ocasión. Ahora quiero saber más sobre esa chica.
-¿Sybil? ¡Tan tímida y tan amable! Hay algo infantil en ella. Abrió mucho los ojos con el más sincero de los asombros cuando le dije lo que pensaba de su interpretación, y pareció no tener conciencia de su talento. Creo que los dos estábamos bastante nerviosos. El judío viejo sonreía desde la puerta del polvoriento camerino, diciendo frases rebuscadas sobre los dos, mientras Sibyl y yo nos mirábamos como niños. El viejo insistía en llamarme «mylord», y tuve que explicar a Sybil que no era nada parecido. Ella me dijo: «Más bien parece usted un príncipe. Le llamaré Príncipe Azul».
-A fe mía, Dorian, la señorita Sybil sabe cómo hacer cumplidos.
-No la entiendes, Harry. Me veía sólo como un personaje en una obra de teatro.


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