El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde) - pág.43
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Romeo era un caballero corpulento y con muchos años a sus espaldas, cejas pintadas con negro de corcho, ronca voz de tragedia y silueta cíe barril de cerveza. Mercutio era casi igual de siniestro. Lo interpretaba un cómico de la legua que había añadido al texto chistes de su cosecha y mantenía relaciones sumamente amistosas con la platea. Los dos eran tan grotescos como el decorado, que parecía salido de una barraca de feria. Pero, ¡Julieta! Imagínate una muchachita de apenas diecisiete años, con un rostro como de flor, una cabecita griega con cabellos de color castaño oscuro recogidos en trenzas, ojos que eran pozos violeta de pasión, labios como pétalos de rosa. ¡La criatura más encantadora que había visto nunca! Una vez me dijiste que el patetismo no te conmovía en absoluto, pero que la belleza, la simple belleza, podía llenarte los ojos de lágrimas. Te lo aseguro, Harry, apenas veía a esa muchacha porque siempre tenía los ojos nublados por las lágrimas. ¡Y su voz! No he oído nunca una voz semejante. Sólo un hilo al principio, con notas bajas y melodiosas, que parecían caer una a una en el oído. Luego creció en volumen, y sonaba como una flauta o un lejano oboe. En la escena del jardín tuvo todo el júbilo estremecido de los ruiseñores cuando cantan poco antes del amanecer. Hubo momentos, más adelante, en los que alcanzó la desenfrenada pasión de los violines. Sabes perfectamente cuánto puede afectarnos una voz. Tu voz y la de Sibyl Vane son dos cosas que nunca olvidaré. Cuando cierro los ojos las oigo, y cada una dice algo diferente. No sé a cuál seguir. ¿Por qué tendría que no amarla? La quiero, Harry. Para mí lo es todo. Voy a verla actuar día tras día. Una noche es Rosalinda y la siguiente Imogen. La he visto morir en la penumbra de un sepulcro italiano, recogiendo el veneno de labios de su amante. La he contemplado atravesando el bosque de las Ardenas, disfrazada de muchacho, con calzas, jubón y un gorro delicioso. Ha sido la loca que se presenta ante un rey culpable, dándole ruda para llevar y hierbas amargas que gustar. Ha sido inocente, y las negras manos de los celos han aplastado su cuello de junco. La he visto en todas las épocas y con todos los trajes. Las mujeres ordinarias no hacen volar nuestra imaginación. Están ancladas en su siglo.
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