El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde) - pág.42
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Ésa es la única utilidad de las clases ociosas de un país. No tengas miedo. Te están reservadas aventuras exquisitas. Esto no es más que el principio.
-¿Tan superficial me consideras? -exclamó Dorian Gray, muy dolido.
-No; te creo muy profundo.
-¿Qué quieres decir?
-Mi querido muchacho, las personas que sólo aman una vez en la vida son realmente las personas superficiales. A lo que ellos llaman su lealtad, y su fidelidad, yo lo llamo sopor de rutina o falta de imaginación. La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia a la vida del intelecto: simplemente una confesión de fracaso. ¡Fidelidad! Tengo que analizarla algún día. La pasión de la propiedad está en ella. Hay muchas cosas de las que nos desprenderíamos si no tuviéramos miedo de que otros las recogieran. Pero no te quiero interrumpir. Sigue con tu historia.
-Bueno, me encontré sentado en un palquito espantoso, con un telón de lo más vulgar delante de los ojos. Desde mi discreto escondite me dediqué a examinar la sala. Era un lugar perfectamente chabacano, todo él cupidos y cornucopias, como una tarta nupcial de cuarta categoría. El paraíso y la platea estaban bastante llenos, pero las dos primeras filas de descoloridas butacas se hallaban completamente vacías y apenas había nadie en las mejores entradas del anfiteatro. Había mujeres vendiendo naranjas y refrescos y se consumían grandes cantidades de frutos secos.
-Debía de ser como en los días gloriosos del drama británico.
-Precisamente, creo yo, y muy deprimente. Empezaba a preguntarme qué demonios estaba haciendo allí, cuando me fijé en el programa. ¿Qué obra crees que representaban, Harry?
-Imagino que El joven idiota o Mudo pero inocente. A nuestros padres les gustaba ese tipo de obras, según creo. Cuantos más años tengo, Dorian, más convencido estoy de que lo que era suficientemente bueno para nuestros padres no lo es para nosotros. En arte, como en política, les grand-péres ont toujours tort.
-La obra era suficientemente buena para nosotros, Harry. Se trataba de Romeo y Julieta. He de reconocer que no me hizo mucha gracia la idea de ver representar a Shakespeare en un antro como aquél. Pero sentí interés, de todos modos. Decidí presenciar al menos el primer acto. Había una orquesta detestable, presidida por un hebreo joven sentado ante un piano desafinado que casi me echó del teatro; pero finalmente se alzó el telón y comenzó la obra.
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